jueves, agosto 01, 2013

El universo, el «multiverso», y la existencia de Dios

por Teófilo de Jesús

Hermanos y Hermanas: Paz y bien a todos Uds. en Cristo Jesús nuestro Señor, el Verbo de Dios por quien todo fue hecho.

Mi experiencia religiosa con la ciencia 

Ilustración conceptual del «multiverso»

Sigo los descubrimientos de la ciencia, particularmente los sucedidos en la astrofísica y cosmología desde pequeño. Siempre me han fascinado. Contemplar la grandeza y hermosura del universo constituye desde que tengo memoria una experiencia religiosa para mí.

Una de las últimas hipótesis populares en libros y en documentales en el Canal de la Ciencia se refiere a la existencia del “multiverso” o “multiuniverso.” Esta hipótesis, propuesta por numerosos estudiosos, propone que nuestro universo, es decir, el conjunto de todo lo creado y sustanciado en distintos grados mediante observaciones directas o indirectas, o por rigurosas formulaciones matemáticas, no es mas que un universo en un “mar” eterno en donde flotan una infinidad de universos. Cada uno de estos universos responde a un conjunto de leyes físicas potencialmente distintas al del nuestro – nos dicen. Añaden otros eruditos que es factible que en estos otros universos pueden ser duplicados del nuestro pero con distintas líneas de causas y efecto. Por ejemplo, en un universo mi duplicado puede haber nacido en un hogar de multimillonarios mientras que en otros, pudo haber nacido en pobreza abyecta mientras que en otro pudo haber sido abortado por su mamá.

El «multiverso» 

La idea que esto postula es que todo lo que puede suceder razonablemente sucede, aunque no lo veamos porque sucede en otro universo. En fin, que en su más grande definición y relación, el multiverso es fijo y eterno: siempre ha existido y siempre existirá. Se regenera a sí mismo mientras sus universos constituyentes nacen y mueren en un ritmo infinito. La conclusión filosófica es que Dios no existe porque el multiverso así definido no necesita de un Creador. Científicos de la talla de Stephen Hawkings pronuncian estas conclusiones sin pestañear, achacando a la fuerza de gravedad y al movimiento y colisiones de campos energéticos en distintas dimensiones el acto creador necesario para crear un universo en particular.

Teorías de la creación 

Allá por los años 70 cuando yo comenzaba a estudiar estas cosas, predominaban tres teorías que explicaban el origen de nuestro universo. Una se llamaba la teoría del “estado continuo”, la cual aseveraba que el universo – en aquellos tiempos, uno solo – existía en un estado de eterna existencia. Decían sus defensores que nueva materia y nueva energía entraban en el universo para mantenerlo en un estado constante.

Había otra teoría que se le denominaba “el estado cíclico” y sus defensores aseveraban que el universo alcanzaría un estado máximo de expansión, frenaría, para colapsar nuevamente en una singularidad, la que podría estallar nuevamente en otro universo y así repetidamente hasta que la entropía – la propiedad de “desgaste” inherente en todas las cosas – hiciese imposible un nuevo colapso o una nueva explosión.

La tercera teoría es la que hoy conocemos como la del “Bing Bang” o “la gran explosión”, cuyos proponentes aseveran que el universo se originó tras la “inflación” de un punto de densidad infinita desde el cual toda la materia y energía de nuestro universo se expandió explosivamente y condensó en la multitud de galaxias, estrellas y planetas que vemos hoy día, junto con cierta materia y energías “oscuras” que aun exploran y tratan de explicar.
La teoría del “Big Bang” predomina hoy día. Nadie niega que el universo se esté expandiendo y que su expansión tuviera un punto inicial y tal vez esa expansión nunca termine. Los cosmólogos han acumulado tanta evidencia de esta explosión primitiva que los postuladores de la teoría del multiverso no niegan la teoría de la gran explosión, sino que la han hecho una consecuencia local dentro de el multiverso. Es decir, en el multiverso ocurren muchos “Big Bangs” o grandes explosiones que originan universos propios como burbujas de jabón sopladas a través de un arito en un espacio de dimensiones infinitas y de tiempo eterno, relativo en cada “burbujita” o universo individual. Es una concepción majestuosa pero, como veremos, de bases cuestionables.

Se impone la teoría de “la Gran Explosión” (Big Bang): muere la teoría del estado continuo 

P. Georges LemaîtreAunque nos parezca casi medieval, fue la teoría del estado continuo la que predominaba al fin del siglo XIX y el primer cuarto del XX. La mayoría de los científicos hasta el mismo Einstein creían en ella. La evidencia a favor de ella era negativa, es decir, no había evidencia contraria ya que en aquellos tiempos, la noción de nuestro universo era contérmina con nuestra galaxia. No fue hasta la década de los años 20 que el astrónomo norteamericano Edwin Hubble descubrió que esas nebulosas que antes creían eran objetos dentro nuestra galaxia, eran “universos-islas” fuera de nuestra galaxia, es decir, galaxias en derecho propio y en números inconcebibles.

Fue también Edwin Hubble quien comprobó también que estas galaxias estaban alejándose unas de otras a grandes velocidades. Es decir, las observaciones de Hubble comprobaron lo que hasta entonces era nada más que una consecuencia matemática de la Teoría General de la Relatividad, concebida por Albert Einstein en el 1915, consecuencia que dictaba un universo en expansión.

Pero fue un sacerdote belga, de nombre Georges Lemaître, quien trabajó la matemática necesaria para concebir un universo con un origen discreto. Él fue quien postuló por primera vez la teoría de que el universo surgió de un punto infinitesimal, al cual P. Lemaître llamó “el átomo primitivo” o “el huevo cósmico que explotó al momento de la creación.”

La clase científica del momento recibió la teoría del P. Lemaître con frialdad. Fred Hoyle, otro físico famoso de la época fue quien llamó a dicha teoría el “Big Bang” como un peyorativo, y ese fue el nombre que se hizo popular por cuenta propia.

Como dije, la comunidad científica recibió la idea con frialdad. El mismo Albert Einstein era un defensor del estado contínuo y le dijo al P. Lemaître “me gusta tu matemática, pero odio sus consecuencias.” Y es que todavía los cosmólogos no habían asimilado completamente los descubrimientos de Hubble y de otros.

Aparte de que, filosóficamente, la idea de un universo en estado continuo era cómoda, ya que eximía a la comunidad científica pensar en un momento particular de la creación. La teoría del estado continuo permite al positivista y al empirista ignorar las molestosas preguntas de si existe o no un Creador, o qué sucedía antes de la creación. En fin, que la teoría del estado continuo permitía a los científicos ser ateos, ya que un universo que siempre ha existido no necesita de un Creador o “Primer Móvil” que lo cree y sostiene.

Regresa el estado continuo detrás del multiverso – pero enfrenta problemas 

Y aquí viene la teoría del multiverso que discutimos al principio al rescate. Basados en resultados de ecuaciones rarificadas y harto complicadas, el multiverso representa el retorno del estado continuo. Nuevamente los científicos han logrado transferir la teoría de la gran explosión a un lienzo matemático más abarcador el cual les permite mantener simultáneamente la teoría del Big Bang (en universos individuales) y la del estado continuo (en el multiverso). Ya los cosmólogos tienen permiso de ser ateos – o agnósticos – otra vez.

La lista de científicos que aboga por la teoría del multiverso es impresionante. Incluye al ya mencionado Stephen Hawking, Neil deGrasse Tyson y Michio Kaku entre muchos otros.
Sin embargo, la teoría del multiverso enfrenta varios problemas o cuestiones. La primera y principal es que carece de prueba experimental lo cual nos plantea el curioso hecho que quienes dan por hecho esta teoría la aceptan mediante un acto de fe.

Repito, no hay prueba mensurable de que el multiverso sea real. Claro, han habido propuestas para probarlo pero las pocas que conozco – muchas presentadas en el fascinante programa Through the Wormhole, narrado y presentado por el destacado actor norteamericano Morgan Freeman – son defectuosas, en mi opinión personal.

La cuestión es que es difícil probar la existencia de universos distintos al nuestro cuando habría que salir del nuestro para probarlo directamente. Nuestra compresión actual de las leyes de la física nos indica que estamos atrapados en nuestro universo, así que la prueba directa trasciende nuestra habilidad de experimentar directamente, o de recibir información directamente de estos universos hipotéticos.

Debido a esa limitación, la mayoría de las pruebas propuestas para validar el multiverso son indirectas, es decir, consisten de efectos hipotéticos que otros universos puedan tener sobre el nuestro. El problema que yo veo con este tipo de pruebas es que siempre habrán hipótesis alternativas que expliquen esos efectos en términos de fenómenos que ocurren en nuestro universo. Las explicaciones locales siempre disfrutarán de la ventaja de la observación directa, o de la observación directa de un hecho indirecto, pero localizado en este universo.

Otros, asumiendo una actitud platónica, afirman que la fuerza inherente en las matemáticas, la consistencia y coherencia lógicas entre las distintas ecuaciones, y su belleza estética son argumentos suficientes para establecer la realidad del multiverso. Para mí eso es análogo a la existencia del número i, el misterioso número que multiplicado por sí mismo resulta en -1. A ese número se le llama imaginario porque no existe en el conjunto de números “reales.” Por ejemplo, el número 2 es un número real porque se le puede visualizar en objetos. Siempre podemos contar dos de cualquier cosa pero nadie puede contar i. Sin embargo, podemos manipular a i en ecuaciones cuyos resultados son válidos (p. ej., i2+1=0). De modo análogo, la hipótesis del multiverso puede ser el resultado de cálculos dificilísimos y manipulables en las altas matemáticas, pero esto no significa necesariamente que exista un multiverso, por más bellas que sean las ecuaciones. Por el momento, lo único que podemos afirmar es “multiverso ∈ i”, o sea, que el universo pertenece al conjunto de lo imaginario.

¿Pero, y si el multiverso existiese, no anularía la idea de Dios? 

Confieso que soy persona de un solo universo. Creo que no hay que añadir más universos a nuestra mezcla e incrementar complicaciones artificialmente. Tampoco creo que hay que multiplicar causas para explicar un fenómeno, cuando la más simple es probablemente la más correcta. El multiverso es una idea fascinante pero por el momento mera hipótesis para mí.

Sin embargo, yo también puedo jugar el jueguito especulativo. Vamos a decir de modo ilustrativo que la existencia del multiverso es un hecho. En su expresión más básica la pregunta sería ¿Requiere el multiverso un “Creador” o “Primer Móvil” para justificar el origen del multiverso? Por el momento no estamos hablando siquiera del Dios de nosotros los católicos, sino del Dios de los deístas. En mi opinión todo dependería de la observación directa de diseño, propósito y finalidad en el conjunto del multiverso, o en un subconjunto representativo. Sin embargo, este tipo de observación, como vimos, nos trasciende.

Aun así algunos deducirán que ya que no existen orden o propósito alguno en el universo, podremos esperar que el multiverso demostrará ese mismo desorden y que por lo tanto, podríamos esperar que el multiverso no nos mostrará rastro alguno de la existencia de Dios. O sea que, según ellos ven las cosas, si no hay Dios aquí pues tampoco allá.

Detrás de esa postura se esconden una miríada de errores y prejuicios filosóficos los cuales no quiero abordar aquí. Esto se debe a las redefiniciones, casi siempre toscas y malas, de conceptos fundamentales como lo son “Dios, existencia” y “diseño”, que hacen imposible dialogar inteligentemente con los que niegan la existencia de Dios a como dé lugar, con aquellos que se agarran de cualquier cosa para negarle.

Sin embargo, dentro de los confines de nuestra discusión, podemos concebir otra alternativa al ateísmo y es esta: no es necesariamente cierto que aquellos que fallan en ver el diseño de las cosas creadas en este universo fallen en verlo desde el multiverso, si de algún modo llegasen allí. Es más, tal vez desde esa perspectiva el diseño, propósito y fin del universo sean aún más convincentes que las discernibles aquí.

Sería cuestión de trascender este universo y verlo desde la perspectiva del multiverso. Cuando lleguemos los creyentes al multiuniverso veremos lo que ya sabíamos; los increyentes verán lo que antes negaban. Y aquí termino.

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