martes, julio 09, 2013

El Padre Nuestro

Padre Nicolás Schwizer


La oración del Padre Nuestro tuvo una enorme importancia en la Iglesia primitiva y los primeros cristianos la rodearon con un gran respeto. Era, en primer lugar, oración que no se entregaba ni enseñaba a todos. Rezarla constituía un privilegio que sólo se otorgaba a los ya bautizados. Era lo último que se enseñaba a los catecúmenos, en la misma víspera de su bautismo. Era como la máxima y más preciada joya de la fe.

No ocurre así con el creyente de hoy. El Padre Nuestro es la primera oración que aprendemos de niños y hemos terminado por no saber ni lo que supone, ni lo que encierra. Sucede con el Padre Nuestro como con la casa donde nacimos: que de tanto verla no la hemos visto nunca. Es parte de nuestra retina, de nuestra sangre. Ya nos dice poco o nada. Como una moneda que, de tan usada, ha perdido completamente su relieve.

Así es como la gran oración de los primeros cristianos se ha convertido en la oración rutinaria de los últimos. Tendríamos hoy que reconquistarla como quien descubre un continente o conquista en guerra una montaña. Tendríamos que volver a sentirnos como aquellos apóstoles que un día feliz oyeron de los labios de Jesús esas palabras que son, según un Padre de la Iglesia, el resumen de todo el evangelio.

Efectivamente en sus pocas palabras se ofrece toda una síntesis de las correctas relaciones entre Dios y el hombre: La primera parte dice respecto a la causa de Dios: el Padre, la santificación de su nombre, su reinado, su voluntad santa. La segunda parte habla de la causa del hombre: el pan necesario, el perdón indispensable, la tentación siempre presente y el mal continuamente amenazador. Ambas partes constituyen la misma y única oración de Jesús.

Dios no se interesa sólo de lo que es suyo, sino que se preocupa también por lo que es del hombre, como el pan, el perdón, la tentación y el mal. E igualmente el hombre: no sólo se apega a lo que le importa, sino que se abre también a lo concerniente al Padre: la santificación de su nombre, la llegada de su reinado, la realización de su voluntad.

Así es como el Padre Nuestro no separa lo que Dios ha unido. La causa de Dios y la causa del hombre son, después de la encarnación, una única causa. Separarlas es mutilar a las dos. Olvidar a Dios por los problemas de la tierra, es ofender a Dios y quitar su último sentido a los problemas de esa misma tierra por la que decimos preocuparnos. Y creer que adoramos a Dios, dejando de lado el combate cotidiano de este mundo, sería adorar a un ídolo que poco tiene que ver con el Dios verdadero.

Por otra parte, la Oración del Señor no es una fuga, una coartada para huir del combate del mundo. Al contrario: es una plegaria de un realismo total, que resume el dramatismo de la condición humana y, al mismo tiempo, abre las puertas a la esperanza y la alegría en que culminará todo combate auténtico del creyente.

La realidad implicada en el Padre Nuestro no se presenta color de rosa, sino bien conflictiva. En ella chocan permanentemente el reinado de Dios y el reinado de Satanás. La oración cristiana planta su tienda de campaña en el mismo centro del combate humano. Y es profundamente significativo pensar que Jesús, a la hora de ofrecernos el último y más profundo resumen de su pensamiento, no lo haya hecho en un sermón intelectual, sino en una oración.

Queridos hermanos, la respuesta de Jesús ante un mundo que sufre, es la oración del Padre Nuestro unida a la lucha cotidiana. Y nos invita a que también nosotros oremos siempre de nuevo al Padre y que, como sus hijos adultos, luchemos para que este nuestro mundo sea cada vez más de Dios.

Preguntas para la reflexión

1, ¿He meditado cada frase del Padre Nuestro?

2. ¿Qué me dice a mí, hoy esta oración?

3. ¿Preferimos el “hágase mi voluntad”?

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