sábado, abril 27, 2013

La Cultura de la Muerte en México: Descripción, Diagnóstico y Solución

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Hermanos y hermanas, Paz y Bien a todos ustedes.

Entre las cosas que leo cotidianamente se encuentran las noticias acerca de eventos en la hermana república mexicana, la cual he visitado varias veces. Su gente, historia y paisajes son bellos y de gran interés para mí, que como puertorriqueño me unen lazos de amistad, común origen y de fe religiosa con mi “México lindo”.

Una cultura de la muerte autóctona

Mi preocupación principal es esta: el trasiego de drogas colombianas o producidas en suelo mexicano, pero controladas por mafias o «carteles» mexicanos, amenazan con destruir la fibra social de ese país y de hundir su civilización en un pantano de depravación y barbarismo. Si bien es fácil culpar al vecino del norte por la demanda constante de estupefacientes que emerge de los EE.UU., el tráfico de drogas hacia el norte sería imposible ausente las actividades delictivas de los carteles de la droga en México, ya que son ellos los que se enriquecen de la destrucción personal de los drogadictos estadounidenses y del crimen secundario provocados por los drogadictos y por las hampas estadounidenses que luchan a muerte por el control del mercadeo local de las drogas.

Sin embargo, la dependencia física y psicológica provocadas por el abuso de las drogas no son un fenómeno único de los EE.UU., ya que este efecto también se observa en las comunidades mexicanas. El azote de la adicción a la cocaína, heroína, marihuana y metanfetamina ya se pueden ver en las calles de ese país, así como sus efectos secundarios como la violencia causada por las luchas por el control del trasiego local, invasiones hogareñas, asaltos, y otros crímenes contra la persona y propiedad.

Vivir en esto lugares es como vivir en Afganistán, con la diferencia que en el caso de México los carteles son análogos a más de un Talibán, mutuamente opuestos y todos reclamando que son los verdaderos protectores de la población. La inseguridad y desasosiego provocados por estas guerras impactan la psique de los mexicanos, provocando en ellos el desorden mental postraumático típico de las poblaciones que viven constantemente en estado de sitio.

Los sicarios anuncian frecuentemente sus crímenes por medio de «narcomantas», las cuales consisten en pancartas, cruza-calles, grafitos y otras expresiones escritas a mano o impresas, proclamando amenazas e insultos vulgares, casi siempre escrito con una gramática horrífica propia de analfabetos, publicadas por gente anónima con el objeto de aterrorizar a la población en general y a sus víctimas en particular. (La única excepción en este tipo de comunicación parece ser la de los llamados «Caballeros Templarios», cuya dicción es correcta y hasta cordial, pero en la práctica su culto a la muerte no es menos brutal que el de otras bandas criminales).

La cultura de muerte, terror y corrupción forjada por los carteles de la droga en México ha resultado en la muerte de decenas de miles, en la inhabilidad del estado mexicano de enfrentarse a los carteles y de garantizarle paz y seguridad a su ciudadanía. De hecho, en múltiples ocasiones, las autoridades públicas trabajan mano-a-mano con los carteles y aquellas autoridades que osan enfrentarse a los cárteles, acaban torturadas y muertas, sirviendo de lección a los demás. Esta situación de agonía y prácticamente guerra civil la viven los ciudadanos de los estados norteños, principalmente la de los estados fronterizos con los EE.UU.

La muerte violenta es un evento cotidiano en esos lugares y no discrimina contra nadie: viejos, jóvenes, niños, mujeres, policías, soldados, funcionarios o meros civiles, todos caen víctimas de la orgía de violencia en esos lugares donde la pelea por control entre los carteles es el pan nuestro de cada día. Apena ver que los sicarios son con frecuencia gente joven, atraídos a la vida de delincuencia por la promesa de riqueza fácil y placeres al alcance automático de aquellos que ostenten su riqueza y su poder. Ellos son una generación perdida al trabajo honesto y a la contribución pacífica del talento y empleo que constructores de un país sano y progresista.

Y ni los muertos se salvan de atropellos ya que con frecuencia y con ánimo de amedrentar, los sicarios profanan los cadáveres de sus víctimas cortándolos en pedazos y repartiendo las partes en bolsas de basura; decapitándolos (tras la muerte pero muchas veces, en vida), quemando, o disolviéndolos en ácido, o colgándolos en lugares públicos para el consumo público.

El olor literal de la muerte se suma a la exhibición morbosa de sus pobres víctimas como chanchos en una carnicería para amedrentar a la población. Glorifican este estilo de vida una prensa que le da publicidad y la emergencia de un género musical que glorifica la vida criminal. Fotos de jóvenes y gente bien alimentada junto a costosos automóviles deportivos, fajos de dólares en sus manos, mascotas exóticas y abrazando mujeres bonitas, luciendo armas de variados calibres, algunas adornadas con cachas de oro o plata, y hasta niños posando con armas cortas – todo romantiza con glamor un estilo de vida que es nefario y podrido hasta en su médula. Es un estilo de vida en el cual los pecados capitales son presentados como virtudes a practicarse y no como vías hacia la perdición.

El culto a la Santa Muerte

Por si esto fuera poco, a la muerte misma se le rinde culto en México aunque hay que apuntar que esto no es nada nuevo ni exclusivo de los mexicanos. En la Europa medieval el folclor ya mostraba una «danza de los muertos» a raíz de la gran epidemia de peste bubónica que eliminó hasta una cuarta parte de la población del subcontinente en el siglo XIV. Y en el México precolombino los cruentos sacrificios aztecas eran temidos por toda la población amerindia. Ambas corrientes – la europea y la azteca – confluyeron en la psique colectiva mexicana bajo la cual siempre ha existido como una corriente subterránea, aflorando en tiempos de trauma nacional en donde la muerte y el mal parecen llevarle la ventaja al Bien y a la Vida. Surge entonces de lleno la necesidad de propiciar a la muerte y al mal como deidades en sí mismas y ese culto abierto, nacido de la pesadumbre de los pobres y de las víctimas, es lo que vemos en el culto mexicano a «la Santa Muerte».

Quienes han visto su foto o efigie, entienden lo que le digo. Es el culto votivo a un esqueleto vestido y coronado al modo de Nuestra Madre, la Bienaventurada Virgen María. Los devotos de la Santa Muerte deforman devociones marianas y otras prácticas católicas en su culto al ídolo mortecino. A este le imprecan, le piden una «bendición» a sus empresas, sean limpias o criminales y le imprecan que en su “justicia” les favorezca a sus devotos y perjudique a sus enemigos. En fin, que el culto a la Santa Muerte representa una inversión completa de valores en la psique religiosa mexicana, en donde el diablo y la muerte ocupan el lugar que le corresponde a Dios, y en donde su conciencia de ser “hijo de la Virgen María de Guadalupe” se trastorna en una de ser súbdito de la muerte, esa que tiene y tendrá «la última palabra».

Génesis del Problema y Diagnóstico

Las causas de esta crisis en la sociedad mexicana son numerosas y multifacéticas. Gente de buena voluntad, creyentes religiosos o no, difieren al respecto dentro y fuera de México. Como católico, quiero apuntar que una de las causas es la larga historia de conflicto entre la Iglesia y el estado en México, presente ya poco después de su independencia nacional pero alcanzando su punto álgido a raíz de la Revolución de 1910.

La Revolución de 1910 consolidó el triunfo del modelo del estado seglar y laicista en la historia mexicana, aunque uno con algunos visos marxistas y estalinistas. Este triunfo llevó a una secularización radical en el ámbito de la educación y una postura militante anticatólica de parte de los nuevos jerarcas, quienes veían a la Iglesia Católica como un bastión oscurantista, rezago de los tiempos coloniales y aliados de los grandes latifundistas y de la nobleza criolla. (Estos eran tiempos antes del movimiento indigenista posmoderno y por lo tanto a la Iglesia no la acusaban todavía de ser un ente genocida).

Tras deslegitimar a la Iglesia como actor social en su país y mediante un programa de educación estrictamente laica, los revolucionarios mexicanos procedieron a extirpar la conciencia moral católica de la población en general, suplantándola con los valores genéricos, progresistas y evolutivos típicos del nuevo estado social. Esa extirpación de la conciencia católica mexicana no fue lograda de manera paulatina y heterogénea, pero llevó a la «sentimentalización» de la religión. De manera muy mexicana, la psique católica en esa hermana república perdió su ancla moral y filosófica en la fe y se trastornó en algo que «se siente» pero no «se padece» y los mandamientos propios del cristianismo católico – como se expresa en los diez mandamientos y en las obras de misericordia corporales y espirituales – se le «acatan» pero «no se cumplen».

Lo que sobra de este proceso es la religión vivida como mero sentimiento «inefable», como algo afín al patriotismo, al «lamento mexicano» – equivalente al «¡Ay, bendito!» de mi tierra borincana – que se expresa con hombría o femineidad propias, pero en la consideración última, divorciada completamente de la vivencia vital del amor demandada por el Maestro. El producto es una «disonancia cognitiva» por la cual valores ajenos a la conciencia tradicional mexicana, o hasta antivalores – la normalización del aborto terapéutico, de la homosexualidad, la mentalidad anticonceptiva, el machismo, sexo fuera del matrimonio, del concubinato, y sus colas, como el abuso y explotación de la mujer y del niño – muchas veces toman precedencia en el juicio moral del mexicano individual por sobre los valores evangélicos a la hora de obrar privadamente o en sociedad.

Quiero indicar con vehemencia que con este diagnóstico que hice de la psique colectiva mexicana no quiero decir que México es peor que cualquier otro país, o inferior en su civilización y costumbres. ¡Que quede claro! Yo podría cambiar toda referencia a «México» en esta monografía y sustituirlo por «Puerto Rico» o «España» o cualquier otro país con algunos cambios y el diagnóstico sería similar: disonancia cognitiva debida a la remoción de la conciencia católica del país y su suplantación con un esquema de valores secularistas o de antivalores que destruyen esa conciencia. Simplemente, esta es mi explicación del rumbo que el laicismo y el anticatolicismo siguieron en México y de sus consecuencias profundas y nefastas.

Efecto

Dijo una vez el célebre escritor ruso Dostoievski que «quienes dejan de creer en Dios, creen en cualquier cosa». Que conste que México no es un país ateo ni mucho menos, pero sí es uno en donde aquellos que llevan la voz cantante en el hampa criminal viven como si Dios no existiera. Lo mismo ocurre en los linderos sociales circundantes al hampa.

La educación secularista – o la falta de educación – ha llevado a pobres y ricos, oficiales del gobierno o simples ciudadanos, a llenar ese vacío que – nos dice San Agustín - «tiene la forma de Dios» con otros tantos ídolos. Estos son el dinero, la fama, y el poder logrado por la fuerza de las armas, las posesiones materiales y los placeres de la carne. Por otro lado, otro segmento de la población exalta a la muerte como deidad y se le dedica a su servicio, implorando su protección y la revancha hacia adversarios.

Este efecto encuentra su máxima expresión y su multiplicación en los carteles de la droga en México y el estilo de vida – y muerte – que ellos proponen y viven día a día. Cada uno vive «como un dios», conocedor y definidor de lo bueno y lo malo. La cultura de la muerte en México es una consecuencia de la promesa que la serpiente una vez hiciera a nuestros primeros padres, que al negar a Dios, viviríamos como dioses. Era una media verdad y la cola que trajo llega hasta los desastres del día de hoy.


El reto a la Iglesia

Nuestra Iglesia Católica no se ha recuperado completamente de su victimización por parte del estado mexicano. Su patrimonio material apenas ha sido reconstruido. Sin embargo, reconstituir este patrimonio no es requisito para lanzar de nuevo una Nueva Evangelización a través de México.

Y es que el panorama es desolador. Es justo decir que el catolicismo en muchas partes de México es superficial y que bajo esa epidermis católica conviven corrientes paganas de origen amerindio y europeo que ya afloran. Como en muchos otros países, la población no ha sido evangelizada y su catequización ha sido imperfecta y fragmentaria. Los cambios sociales que han fragmentado a la familia en otros países también han afectado a México y esos cambios han interrumpido la transmisión del contenido de nuestra fe y de la auténtica sensibilidad cristiana católica de una generación a otra. Como consecuencia, los pastores y el pueblo aun con conciencia católica en México se encuentran como una minoría pírrica ante una sociedad prácticamente atea o pagana en su cosmovisión y valores.

En México también se ha vivido la tentación de abanderar a la Iglesia con la política de izquierda, tal vez en reacción culpable a su –muchas veces injustamente percibida – predilección por las clases pudientes. Y aunque el ejercicio de «la opción preferencial por los pobres» es una validada por el mismo Evangelio, este ejercicio ha incluido muchas veces la adopción del análisis económico marxista y su antropología por parte de muchos sacerdotes y algunos obispos. Las consecuencias también han sido nefastas, porque la conciencia de «lucha de clases» no es equivalente a lo que nosotros los católicos llamamos «pecado» ni la abolición de «estructuras injustas» equivalentes a la proclamación del Evangelio. Dicha adopción ha resultado en otra quebradura cognitiva en la conciencia mexicana, esta propia del católico que busca ser efectivo y «relevante» en la redención de su sociedad.

La cura de los problemas en la Iglesia mexicana

El primer paso que mis hermanos católicos en México deben de tomar es el mismo que les toca a los católicos de otros países: tenemos que convertirnos. Sí convertirnos a Cristo una vez más, repetir con convicción nacida de la fe y del amor los votos que hicimos en el bautismo: renunciar al mal – al diablo y a todas sus pompas – y abrazar al Bien – al Dios Trino revelado en Jesucristo y que por el Espíritu Santo, habita en toda su gloria en nuestros corazones.

Esta conciencia de un Dios que vive no solamente «en» nosotros pero también «dentro» de nosotros nos potencia a cambiar de vida y reorientarnos hacia Aquel nos ama. Esa conversión continúa en nuestra transformación a un estado plenamente humano: el de ser santos. La santidad es el estado natural del hombre y la mujer, es la vivencia continua del plan de Dios para cada uno de nosotros. Ser santo es ser «normal»; lo que es «anormal» y desquiciado es no serlo.

Tenemos que aceptar el hecho que esta conversión necesaria no es una «fuga de la realidad» si no todo lo contrario: un adentramiento a la naturaleza misma de la Realidad.

La cura última de la sociedad mexicana (y de toda sociedad)

Mis hermanos y hermanas, la santidad es algo bello y como un virus, contagioso. Amarse los unos a los otros con amor sacrificial es bello y la personalidad que ese Amor – que es Dios mismo – fomenta en la persona que ama de este modo crea una «santa envidia» en quien lo ve. Lo que es limpio, puro, inocente ejerce un magnetismo que acaba por convencer tanto al escéptico como al mundano de que vivir una vida razonablemente feliz en esta tierra y una enteramente feliz en la eternidad es mejor y más importante que acaparrar poderes y riquezas. Ese magnetismo del Amor es lo que hizo triunfar a la Iglesia en la primera era de persecución y lo puede hacer otra vez.

Y eso es decir que habrá martirios. Como sabemos, la oscuridad no aguante la existencia de la Luz e intentará ahogarla. Quien permanezca fiel – como el padre Miguel Pro – enfrenta la probabilidad real de su muerte por parte de quienes no soportan la claridad de la luz. Pero del mismo modo en que la santidad es algo contagioso, también «sabemos que la sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia». Enfrentaremos persecución, sufrimientos y muertes, pero sabemos bien que la suerte está echada: el Bien ya ha derrotado el mal y la muerte no es una deidad a ser apaciguada, sino una consecuencia del pecado ya derrotada en la resurrección de Jesucristo.

Y así es como sabemos que tenemos que recapturar nuestra conciencia misional. México, como los EE.UU., como Europa, son países de misión. Todos somos misioneros y nuestra misión es recapturar el corazón de México, de todos nuestros países, para Cristo Jesús. Siendo «sal de la tierra» como santos y misioneros, recae en nuestras manos una vez más el deber de transformar el país, de hacer de la violencia algo impensable y de reorientar nuestras estructuras sociales hacia la protección integral de la persona – en cuerpo, alma y espíritu.

Hermanos y hermanas, no hay momento como el ahora para recomenzar nuestra misión. En nombre de Cristo Jesús, emprendamos la Nueva Evangelización de México y de todo el mundo. Devolver México a Cristo es la clave para rescatar su juventud y todo el pueblo sufriente.

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