miércoles, marzo 13, 2013

¿Qué quieren decir unos y otros con desear un Papa que «renueve» a la Iglesia?


Hermanos y hermanas: Paz y Bien a todos.

Lo que queremos en el nuevo Papa
 Ocasionalmente me he puesto a leer los deseos e ilusiones de numerosos católicos ante la inminente elección de un nuevo Papa. Algunos quieren ver un papa más joven y activo, tal vez oriundo del llamado «tercer mundo» que tenga la energía necesaria para afrontar los serios problemas que plagan la Iglesia y la cultura occidental. Un papa así, ortodoxo en pensamiento pero dinámico en su ejercicio pastoral, sería como otro Beato Papa Juan Pablo Magno pero dotado de mejor atención a los detalles de la administración de la Iglesia y entendimiento de cómo problemas tenidos por «pequeños» son en realidad cánceres en germen que de no ser extirpados, se regarían entero por el Cuerpo de Cristo. Esta falta de comprensión estratégica – y digamos que bajo de esta, un déficit de la más básica compasión cristiana – sentó el ambiente en el cual el abuso sexual de menores de parte de clérigos medró hasta las conclusiones globales que hemos visto. 

Que conste que no culpo al Beato Juan Pablo del desmadre del abuso de menores, ya que su curia y los obispos del mundo no realizaron la magnitud del problema a tiempo y el fracaso espiritual que esto significaría en términos almas matadas, psicologías enfermadas, vidas perdidas y familias sufrientes, que no decir en términos económicos. Por eso sus soluciones fueron meramente paliativas. Pero cuando ya el Beato Juan Pablo cayó en cuenta del significado «estratégico» de la crisis ya fue demasiado tarde para la vida y salud de muchos. El Papa Benedicto le metió mano al problema pero al final se dio cuenta que este no se arreglaría sin cesantear a la curia vaticana completa y eso solamente lo podría lograr si él renunciaba al papado. Y así lo hizo, con el expediente de los problemas de la Iglesia la identidad de los responsables esperando sobre el escritorio del próximo papa.

Sí, está bien en desear un nuevo pontífice que no necesite de dos o tres escándalos alrededor del mundo y de un monto creciente de víctimas echadas a un lado, para actuar rápida y enérgicamente contra errores en moral evangélica y disciplina que a la larga cuesten a la Iglesia su reputación moral, la cual, al fin y al cabo, es la única «arma» efectiva que la Iglesia posee. Sí, un papa que entienda el ritmo de noticias moderno, el poder de los medios de comunicación y que enfrente con más eficiencia la desinformación reinante acerca de la naturaleza y el propósito de la Iglesia de Cristo. Sí, un Pescador de Hombres con la fuerza y entereza de lanzar la red al mar y salvar más almas para Cristo Jesús: es bueno pensar y desear todo esto.

Lo que otros quieren
Sin embargo, otros quieren un papa que, como por arte de magia y sin prestar atención a 2,000 años, no de historia, sino de experiencia y entendimiento sobre la naturaleza de Dios, de la creación, de los hombres, de su salvación y de la Iglesia, cambie doctrinas centrales del Cristianismo o disciplinas eclesiásticas que han probado ser sabias y efectivas, para satisfacer las demandas de «progreso» y «renovación» en aras de nuestra posmodernidad. En esa lista de «renovación» muchos dicen querer, entre otras cosas:
· La apertura del sacerdocio a hombres casados y a mujeres;

· La normalización moral de la homosexualidad, de los anticonceptivos y del aborto;

· La democratización total de las estructuras de gobierno de la Iglesia y la participación total de los laicos en dichas estructuras.
Solo así – dicen ellos – podrá la Iglesia recuperar su credibilidad perdida ante el mundo, así como su habilidad de ser una verdadera «Iglesia del Pueblo». Hermanos y hermanas, yo rechazo esa valoración y esas demandas como mero pensamiento humano – que no humanista – y maniqueo que entiende a la Iglesia como un campo de oposición dualista entre el “pobre pueblo bueno” y “la mala jerarquía de hombres célibes” que la gobiernan “tiránicamente.” 

Eso es mentira, no es así. Aquí Marx no toca ni un pito. La Iglesia es como es en su estructura jerárquica porque Cristo mismo lo quiso así. Y la verdad promulgada por la Iglesia es la verdad de Cristo quien es, en sí mismo, Camino, Verdad y Vida. En lo que tenga que ver con las fe y moral, las verdades proclamadas por la Iglesia son eternas e irreformables. Estas incluyen la imposibilidad de ordenar mujeres al sacerdocio; la validación de los actos homosexuales, y la legitimación del aborto terapéutico y de la intervención artificial para controlar o detener la fecundidad humana. Y aunque la ordenación de hombres solteros al sacerdocio es cuestión de disciplina eclesiástica – y por lo tanto, cambiable – modificar esta disciplina tiene que hacerse después de una larga reflexión a lo alto y a lo ancho de la Iglesia y evitar en su momento en modelar el sacerdocio de acuerdo al modelo ministerial protestante. 

Hermanos y hermanas, tengan en cuenta que dentro de los límites impuestos por la sana doctrina existe un campo inmenso para que los fieles disfrutemos de una gran libertad en el ejercicio de nuestras vocaciones y carismas. Fuera de esos límites, nada es lícito; dentro de esos límites todo es posible. Pedirle a Dios por un Papa que reconozca tanto esos límites como esas libertades es santo y bueno también y por esto les pido que sigamos orando por los cardenales reunidos en Cónclave, por el próximo Santo Padre y por la Iglesia misma.

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