martes, marzo 05, 2013

La Eucaristía, la mejor fuente de nuestra vida espiritual

Autor: P. José P. Benabarre Vigo | Fuente: El Visitante

 

Los buenos padres de familia y amantes esposos suelen proveer para sus hijos no sólo durante la vida, sino también para después de la muerte. Y para que nadie les arrebate lo que les dejan, manifiestan su voluntad en solemne testamento, que es inviolable.

La Eucaristía

No hizo otra cosa el buen Jesús con todos sus discípulos de todos los tiempos. Al final de la última cena con sus doce apóstoles y con los que les acompañaban, en actitud solemne, tomó en sus santas manos un pedazo de pan, lo partió en trozos y, dándoselo, se lo dio a comer con estas palabras: “tomad y comed; esto es mi Cuerpo.” Y al final de la cena, cuando los judíos solían beber una segunda copa, tomando una jarra de vino en sus santas manos, se la ofreció diciendo: “tomad y bebed, este es el cáliz de la nueva alianza en mi Sangre, que es derramada por vosotros” (Lucas 22, 14-20).

El mejor y mayor regalo

¡El Cuerpo de Cristo! ¡Su preciosa Sangre! Es decir, el Cristo total: cuerpo y sangre, alma y divinidad que, ayer como hoy, se nos da “verdadera, real y sustancialmente en la comunión; en comida y bebida espirituales” (Concilio de Trento; Catecismo 1374). Estos son los bienes que Jesús dejó en herencia a sus seguidores. Sólo El, Dios y hombre verdadero, podía dejarnos tan gran regalo. Y no puede mentirnos, pues es Dios.

Y nosotros no podemos alterar o interpretar torcidamente su testamento. Fíjese, amable lector, que Jesús no dice: esto que os doy representa o es figura de mi Cuerpo y Sangre, como quieren hacernos creer los protestantes y evangélicos, sino esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre. Y pues Cristo es Dios, El podía hacer lo que decía, pero no engañarnos.

Nuestra actitud

Ni lo ángeles ni los hombres podemos entender cómo puede estar en la sagrada hostia o forma que se nos da en la comunión el Cristo total. Por otra parte, hemos de ser humildes pues, si son muchos los misterios naturales que no conocemos, no debemos extrañarnos si nuestra inteligencia no comprende los sobrenaturales; nos basta para aceptarlos saber que los enseñó Jesús y que la Iglesia, a quien el Espíritu Santo asiste para conocer y conservar toda la verdad (Juan 14, 26), nos los propone como verdades de fe.

Nuestra actitud ha de ser de fe total y sin fisuras pues, de lo contrario, no sacaremos ningún fruto de la comunión; peor aún, ofenderemos gravemente al buen Jesús (ver 1 Corintios 11, 2831).

Pero no basta la fe; hemos de recibir al Cristo total con suma devoción y gratitud. Como he recomendado varias veces a los lectores de este sección, hemos de dar gracias, y estar sólo para Jesús, todos los minutos que podamos (se estima que tardamos en digerir los elementos materiales de la forma unos 15 minutos, durante los cuales el Cristo total está dentro de nosotros). Ponernos a hablar con los hombres dos o tres minutos después de la comunión, es injurioso para el gran huésped que tenemos en el alma.

Sólo recibiendo al buen Jesús de ese modo podemos esperar que la comunión sea la gran fuente de nuestra vida espiritual (ver Juan 6, (52-59).

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