martes, marzo 26, 2013

Homosexual católico se libera por la gracia de Dios

Autor: José de Jesús | Fuente: El Visitante
   
“Sientes una extraña tristeza. Emerge una enorme soledad, pero no estás asustado. Te sientes vulnerable pero a salvo al mismo tiempo. Jesús está donde estás tú, y puedes confiar en que te indicará el próximo paso”.
-Henri J. M. Nouwen, La voz interior del amor


Como joven con atracción homosexual me atrevo a decir que la soledad puede conseguir producir un alto grado de dolor y vacío en el corazón. Sí, desde mi propia vivencia afectiva debo ser sincero y desafortunadamente afirmar que sí. Mi soledad ha sido el "gran grito" desde lo más profundo de mi ser que clama y urge por una real y sana afectividad. Yo como joven con atracción homosexual viví buscando ese afecto en muchos hombres, sólo infligiendo en mi corazón y en mi alma más vacío y dolor. Esa fue mi experiencia y la de muchos otros jóvenes y adultos que conozco que han vivido al igual que yo la efímera y vacía práctica de la homosexualidad.

Hoy ya entiendo que mi verdadera identidad fue plasmada desde niño en mi corazón a través de mi bautismo, o sea, que mi “verdadero yo” brota del corazón de Yahvé, Dios Padre, haciéndome su hijo amado. Comprendo ahora que mis debilidades, gracias a su gracia, se convierten tan sólo en un átomo dentro del gran universo de hermosas cualidades que sí me identifican.

Como cristiano siempre busco hacer su voluntad según me lo re-enseñó nuestra Iglesia Católica a través de su apostolado Courage (apostolado para personas con atracción homosexual). Pero, ¿qué pasa cuando en la búsqueda de agradar a Dios y no así a mis instintos carnales, todavía queda un hueco que grita por ser restaurado? A veces cuando miro a mi alrededor solo puedo ver un mundo construido por mí, carente de unas fuertes bases en el amor, en el amor fraterno con mis allegados, con mis amigos, con mi familia, con mi Dios.

Hoy, en el comienzo de la Semana Santa, reflexiono como mi soledad se convierte en el espejo que refleja la propia soledad sentida por Cristo, desde el monte de Getsemaní hasta el monte Calvario. Aunque Jesús sabía que tenía mucha gente que lo amaba y le seguía, también sabía que su camino hacia la muerte lo tendría que hacer por sí solo. Y es en ese mismo sentido, que al yo verme caminando hacia la muerte de mi viejo hombre, experimento esa misma soledad, aunque comprendo que tengo mucha gente que me apoya, me acompaña y me anima. Hoy me siento junto a Jesús y lloro con él en mi huerto de Getsemaní, porque mi dolor se hace su dolor.

A veces me llega la duda de si no comprendo por completo el inmenso amor que Dios siente por mí. Me pregunto a mi mismo si realmente entiendo la capacidad que tiene Dios de amarme, porque si así fuera, no tendría momentos tan profundos de dolor y soledad como estos. Dios es amor, y ante la falta de afecto en mi vida, ¿qué queda? Como diría un buen amigo, sólo queda que realmente te metas más con tu Dios. Entro en razón y afirmo: no podrá haber amor más grande de un verdadero hombre para otro hombre, que el amor de nuestro amado Jesús para con nosotros.

Dirás tu, es muy normal hermano que tengas días difíciles como muchos laicos y sacerdotes experimentamos. Pero es que más allá de mi actual oscuridad, creo en la luz verdadera del Espíritu Santo que siempre está como sol radiante, siempre presente, no importando el estado anímico o de pecado en el que me encuentre. Y es desde esa premisa que Jesús prueba mi fe. Observa mis tropiezos, caídas y levantadas y se regocija, porque ve a un joven con muchas dificultades pero que en plena confianza de su compañía sigue caminando en fe.

Puede sonar contradictorio todo esto que escribo pero estas palabras son reflejo de mi propio proceso de sanación, lleno de contradicciones racionales. Mi vida ha sido como este escrito: llena de momentos de aflicción que luego se convierten en momentos de conversión.

No sé cómo manejas tu soledad, pero para mí es un llamado de conversión, de ir transformando más mis días en días del Señor, en días de servicio al dolido, al necesitado. Mi dolor es tan solo representante de la voz de muchos corazones con atracción homosexual que necesitan, de ti y de mí, comprensión, palabras llenas de esperanza y sobre todo, de amor. Es por medio de mi dolor que más entiendo y me compadezco del dolor ajeno. ¿Cuál es el fruto de tu dolor en tu vida y en tu comunidad? ¿A qué acción misericordiosa te mueve?

Oración: Padre, ayúdame a comprender más mi dolor como un llamado tuyo a ser más servicial, empático y humilde con el hermano y sobre todo que sea un llamado al morir de mi propia carne. Ayúdame Dios, que por tu gracia pueda ser otro Jesús, luz en las tinieblas. Que este vacío afectivo sea cada día llenado más de tu infinito amor. ¡Gracias Dios!

Recomendación: Antes de querer ayudar a una persona homosexual, sea tu amigo o quizás tu hijo, debemos primero sumergirnos día a día en el amor de Jesús y María, en su misericordia, visitar y orar junto a Cristo Sacramentado y comulgarlo frecuentemente para que luego sea el propio amor de Cristo quien trabaje y hable a través de ti. Verás como si sabrás que hacer y decir.

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