jueves, marzo 21, 2013

Hemos de servir a Dios con alegría y entusiasmo

Autor: P. José P. Benabarre Vigo | Fuente: El Visitante

 
La Cuaresma, en especial en este “Año de la Fe”, da mucho para revisar nuestras relaciones con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos. Aclarar estos puntos y, si es necesario, corregirlos y enmendarlos, es imprescindible para avanzar en la virtud.

Dios, nuestro Rey y Soberano absoluto

Aceptemos la realidad: Dios nos ha hecho para sí de tal modo que nuestra libertad nunca debe llevarnos a ofenderle con acciones contrarias a sus mandatos, o con omisiones que denoten desinterés en su Persona o en su Reino. Como estudié en el sencillo Catecismo antes de hacer mi primera comunión: “Dios nos ha puesto en este mundo para conocerle, amarle y servirle y, así, salvarnos.”

El defecto más notable de los cristianos es el poco conocimiento que tenemos de Dios y de sus magníficas obras. Un conocimiento más profundo de nuestro Dios, como creador y providencia amorosa, nos llevaría a ser más agradecidos, a amarle más y, en consecuencia, a servirle mejor. Y, sobre todo, a no ofenderle jamás.

Y lo mismo podemos decir de Jesucristo, nuestro amabilísimo redentor, y de su gran obra, la institución de su Iglesia -La Católica- y de todo lo que ella significa para nosotros. Sólo por su bondad pertenecemos a ella, y a ella vendrá la humanidad entera antes del fin del mundo (Juan 10, 16).

Por eso, y una vez más, queridos lectores, les aconsejo que en estos días de Cuaresma, dediquen todo el tiempo que puedan a leer y estudiar el Catecismo de la fe católica y la Sagrada Biblia . En el Catecismo encontrarán bien explicado todo lo que los católicos debemos creer, recibir y la mejor forma de orar.

Hacerlo todo con alegría y entusiasmo

Dios es sumamente exigente. No podemos disimular ni tratar de engañarle, ni menos jugar con Él. Un servicio a medias o a la fuerza, no es aceptable para Él. Recordemos que cuando Él se nos dio, se nos dio todo entero: hasta derramar la última gota de su sangre en la cruz. Por su parte, San Pablo nos recuerda “que Dios ama al que da con alegría” (2 Corintios 9, 7). Y San Juan nos advierte tajantemente en su Apocalipsis: “que Dios vomita a aquellos que le sirven con tibieza” (3, 16).

Conseguiremos servir a Dios con alegría y entusiasmo si nos damos a la lectura diaria de la Biblia y del Catecismo; si nuestra plegaria es fervorosa, frecuente y humilde, y si, con frecuencia, meditamos seriamente en sus misterios y sus grandiosas obras en favor nuestro.

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