miércoles, octubre 31, 2012

Sandy nos dejó...

Hermanos: Paz y Bien a todos.

El huracán Sandy ya terminó su visita a nuestro vecindario y nos encontramos bien de salud física y espiritual, sin ningún daño material. Sin embargo, la agonía apenas comienza para otros. Por lo tanto, oremos:
Padre, recibe en tu Reino a aquellos que llamaste durante esta tormenta y reconforta a sus familias. Por tu gracia restaura la salud y las posesiones a aquellos que las perdieron en estos días y a quienes aun pueden perderlas. Ayúdanos a ayudar a los demás, ayúdanos a ser las manos santas que brinden salud y alivio a los necesitados. Te lo pedimos en el nombre de tu Hijo Jesús, que contigo vive reina en la unidad del Espíritu Santo, un sólo Dios, por los siglos de los siglos, Amén.

domingo, octubre 28, 2012

Distraído

Hermanos y hermanas: Paz y Bien a todos.

Estaré ocupado por los próximos días, bregando con la tormentita que se nos aproxima. Vivimos en el área afectada y ya estamos preparados, pero las autoridades hablan de apagones inminentes y por eso es probable que no me podré comunicar hasta que Sandy acabe con su visita por mis lares. Recen por nosotros y nos hablaremos al otro lado.

jueves, octubre 25, 2012

El Dios del Big Bang

Paz y bien a todos Uds., la paz que sólo Jesús puede dar, Él y más nadie.

El rotativo puertorriqueño El Nuevo Día publicó en su edición digital ¿Hay lugar para Dios en el Big Bang? reproducido de la BBC, el cual nos informa de una reunión realizada en la Organización Europea para la Investigación Nuclear (Cern) entre físicos, teólogos y filósofos.  Aparentemente, los asistentes dedicaron la mayor parte de su tiempo aprendiendo el lenguaje profesional de los unos y los otros, lo cual me es grato, siendo yo un veterano de este tipo de conversación porque poseo cierta formación (limitada) en física teórica y en teología católica (una formación más profunda) así como amplia experiencia profesional analítica en donde reina el método empírico de investigación, o sea, el método científico.
Debido a mi experiencia, entiendo muy bien que el punto de partida de estos eruditos sea el de aprender  y entender los vocabularios técnicos y profesionales de estos campos distintos. Consideren, por ejemplo, que el vocablo “Dios” no significa algo autoevidente para aquellos científicos que sean ateos u agnósticos y que para ellos, el aprender a pensar filosóficamente puede ser a veces una pérdida de tiempo. Pero es la filosofía fundamental lo que nos da las herramientas intelectuales para hablar de Dios y para nosotros los católicos, la compañera de camino en el quehacer teológico.
 
Me alegra que los empiristas, los filósofos y los teólogos busquen hablarse ya que en mi experiencia en estos medios ha sido negativa, no porque yo no sepa el lenguaje y los conceptos fundamentales de la investigación científica, más bien porque mis correspondientes usualmente se niegan a siquiera a entender los míos. Una vez se llega a este impase la conversación se arruina y se convierte en una pérdida de tiempo.
Esto se puede ver en la calidad de los comentarios que acompañan el artículo. Se pueden ver a los ateos descartando al teísmo como “miedo, ignorancia, mito” y a los creyentes citando la Biblia – como si eso fuera a convertir a un escéptico en un creyente como por milagro – o compartiendo sus experiencias religiosas subjetivas, como si la fuerza estética de su experiencia fuera suficiente para establecer la verdad del asunto – “verdad” como quieras definirla.

Los católicos creemos en la unidad de la verdad porque creemos en el poder de la razón y la fe que delimita ese poder. Por eso podemos defender el papel de la razón para entender la realidad de las cosas y estamos convencidos de que no existe contradicción entre lo que se llega a conocer mediante el ejercicio de la fe y el de la razón, que toda contradicción es aparente y producida por falta de datos, que alguna vez conoceremos, sea por el ejercicio de la razón, de la razón iluminada por la fe, o cara a cara en el espejo infinito que es Dios, el cual refleja tanto su voluntad creadora como el orden de todas las cosas.

Termino este breve ensayo apuntando algo que pocos conocen: el primer propulsor de la idea del “Big Bang” se llamaba Georges Henri Joseph Édouard Lemaître. Este caballero fue el primer hombre de ciencia que postuló por primera vez la expansión del universo, algo que se le atribuye erróneamente a Edwin Hubble. También fue el primero en derivar la Ley de Hubble que cuantifica esta expansión y quien formuló el primer estimado de la Constante de Hubble, dos años antes de que Hubble publicara sus hallazgos independientemente. También formuló la hipótesis del “átomo primitivo”, del “huevo cósmico” del cual el universo explotó conocido hoy como la Gran Explosión o el “Big Bang.”

Pero, ¿que tiene que ver Georges Lemaître con todo esto? Mi amigo lector, Georges Lemaître era y fue durante toda su vida un sacerdote católico.

viernes, octubre 19, 2012

Vídeo: Introducción a la Ley Natural en 3 Partes

Hermanos: les presento una introducción al concepto de Ley o Moral Natural, en tres partes. Espero lo disfruten.

 

 

martes, octubre 16, 2012

Enseñanza oficial de la Iglesia respecto al fin del mundo

Hermanos y hermanas: ¡Sea alabado Jesucristo!

Comparto con ustedes la enseñanza oficial de la Iglesia Católica acerca de la Parusía ("Manifestación") de Nuestro Señor Jesucristo, conocido también como "el Juicio Final" o "el fin del mundo". Esta enseñanza se recoge del Catecismo Universal de la Iglesia Católica:

Miguel Angel: detalle del "Juicio Final". Capilla Sistina, Roma.

El glorioso advenimiento de Cristo, esperanza de Israel

673 Desde la Ascensión, el advenimiento de Cristo en la gloria es inminente (cf Ap 22, 20) aun cuando a nosotros no nos "toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad" (Hch 1, 7; cf. Mc 13, 32). Este advenimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento (cf. Mt 24, 44: 1 Te 5, 2), aunque tal acontecimiento y la prueba final que le ha de preceder estén "retenidos" en las manos de Dios (cf. 2 Te 2, 3-12).

674 La Venida del Mesías glorioso, en un momento determinad o de la historia se vincula al reconocimiento del Mesías por "todo Israel" (Rm 11, 26; Mt 23, 39) del que "una parte está endurecida" (Rm 11, 25) en "la incredulidad" respecto a Jesús (Rm 11, 20). San Pedro dice a los judíos de Jerusalén después de Pentecostés: "Arrepentíos, pues, y convertíos para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que del Señor venga el tiempo de la consolación y envíe al Cristo que os había sido destinado, a Jesús, a quien debe retener el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de que Dios habló por boca de sus profetas" (Hch 3, 19-21). Y San Pablo le hace eco: "si su reprobación ha sido la reconciliación del mundo ¿qué será su readmisión sino una resurrección de entre los muertos?" (Rm 11, 5). La entrada de "la plenitud de los judíos" (Rm 11, 12) en la salvación mesiánica, a continuación de "la plenitud de los gentiles (Rm 11, 25; cf. Lc 21, 24), hará al Pueblo de Dios "llegar a la plenitud de Cristo" (Ef 4, 13) en la cual "Dios será todo en nosotros" (1 Co 15, 28).

La última prueba de la Iglesia

675 Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el "Misterio de iniquidad" bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Te 2, 4-12; 1Te 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22).

676 Esta impostura del Anticristo aparece esbozada ya en el mundo cada vez que se pretende llevar a cabo la esperanza mesiánica en la historia, lo cual no puede alcanzarse sino más allá del tiempo histórico a través del juicio escatológico: incluso en su forma mitigada, la Iglesia ha rechazado esta falsificación del Reino futuro con el nombre de milenarismo (cf. DS 3839), sobre todo bajo la forma política de un mesianismo secularizado, "intrínsecamente perverso" (cf. Pío XI, "Divini Redemptoris" que condena el "falso misticismo" de esta "falsificación de la redención de los humildes"; GS 20-21).

677 La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección (cf. Ap 19, 1-9). El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13, 8) en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap 20, 7-10) que hará descender desde el Cielo a su Esposa (cf. Ap 21, 2-4). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (cf. Ap 20, 12) después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (cf. 2 P 3, 12-13).

lunes, octubre 15, 2012

Recordamos hoy a Santa Teresa de Jesús

Virgen y Doctora de la Iglesia.

Nació en Ávila, España, el 28 de marzo de 1515.
Santa Teresa de Jesús
Su nombre, Teresa de Cepeda y Ahumada, hija de Alonso Sánchez de Cepeda y Beatriz Dávila Ahumada. En su casa eran 12 hijos. Tres del primer matrimonio de Don Alonso y nueve del segundo, entre estos últimos, Teresa. Escribe en su autobiografía: "Por la gracia de Dios, todos mis hermanos y medios hermanos se asemejaban en la virtud a mis buenos padres, menos yo".

De niños, ella y Rodrigo, su hermano, eran muy aficionados a leer vidas de santos, y se emocionaron al saber que los que ofrecen su vida por amor a Cristo reciben un gran premio en el cielo. Así que dispusieronse irse a tierras de mahometanos a declararse amigos de Jesús y así ser martirizados para conseguir un buen puesto en el cielo. Afortunadamente, por el camino se encontraron con un tío suyo que los regresó a su hogar. Entonces dispusieronse construir una celda en el solar de la casa e irse a rezar allá de vez en cuando, sin que nadie los molestara ni los distrajese.

La mamá de Teresa murió cuando la joven tenía apenas 14 años. Ella misma cuenta en su autobiografía: "Cuando empecé a caer en la cuenta de la pérdida tan grande que había tenido, comencé a entristecerme sobremanera. Entonces me arrodillé delante de una imagen de la Santísima Virgen y le rogué con muchas lágrimas que me aceptara como hija suya y que quisiera ser Ella mi madre en adelante. Y lo ha hecho maravillosamente bien".

Sigue leyendo aquí.

jueves, octubre 11, 2012

Lo nuevo en La Crónica Católica


miércoles, octubre 10, 2012

CARTA APOSTÓLICA PORTA FIDEI DEL SUMO PONTÍFICE BENEDICTO XVI

 
 
CARTA APOSTÓLICA
EN FORMA DE MOTU PROPRIO
PORTA FIDEI
DEL SUMO PONTÍFICE
BENEDICTO XVI
CON LA QUE SE CONVOCA EL AÑO DE LA FE

1. «La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22). Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo– equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de los siglos en la espera del retorno glorioso del Señor.

2. Desde el comienzo de mi ministerio como Sucesor de Pedro, he recordado la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo. En la homilía de la santa Misa de inicio del Pontificado decía: «La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud»[1]. Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado[2]. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.

3. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). En efecto, la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna» (Jn 6, 27). La pregunta planteada por los que lo escuchaban es también hoy la misma para nosotros: «¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28). Sabemos la respuesta de Jesús: «La obra de Dios es ésta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6, 29). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación.

4. A la luz de todo esto, he decidido convocar un Año de la fe. Comenzará el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013. En la fecha del 11 de octubre de 2012, se celebrarán también los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado por mi Predecesor, el beato Papa Juan Pablo II,[3]con la intención de ilustrar a todos los fieles la fuerza y belleza de la fe. Este documento, auténtico fruto del Concilio Vaticano II, fue querido por el Sínodo Extraordinario de los Obispos de 1985 como instrumento al servicio de la catequesis[4], realizándose mediante la colaboración de todo el Episcopado de la Iglesia católica. Y precisamente he convocado la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, en el mes de octubre de 2012, sobre el tema de La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Será una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe. No es la primera vez que la Iglesia está llamada a celebrar un Año de la fe.

 Mi venerado Predecesor, el Siervo de Dios Pablo VI, proclamó uno parecido en 1967, para conmemorar el martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en el décimo noveno centenario de su supremo testimonio. Lo concibió como un momento solemne para que en toda la Iglesia se diese «una auténtica y sincera profesión de la misma fe»; además, quiso que ésta fuera confirmada de manera «individual y colectiva, libre y consciente, interior y exterior, humilde y franca»[5]. Pensaba que de esa manera toda la Iglesia podría adquirir una «exacta conciencia de su fe, para reanimarla, para purificarla, para confirmarla y para confesarla»[6]. Las grandes transformaciones que tuvieron lugar en aquel Año, hicieron que la necesidad de dicha celebración fuera todavía más evidente. Ésta concluyó con la Profesión de fe del Pueblo de Dios[7], para testimoniar cómo los contenidos esenciales que desde siglos constituyen el patrimonio de todos los creyentes tienen necesidad de ser confirmados, comprendidos y profundizados de manera siempre nueva, con el fin de dar un testimonio coherente en condiciones históricas distintas a las del pasado.

5. En ciertos aspectos, mi Venerado Predecesor vio ese Año como una «consecuencia y exigencia postconciliar»[8], consciente de las graves dificultades del tiempo, sobre todo con respecto a la profesión de la fe verdadera y a su recta interpretación. He pensado que iniciar el Año de la fe coincidiendo con el cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II puede ser una ocasión propicia para comprender que los textos dejados en herencia por los Padres conciliares, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza»[9]. Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia»[10].

6. La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó. Precisamente el Concilio, en la Constitución dogmática Lumen gentium, afirmaba: «Mientras que Cristo, “santo, inocente, sin mancha” (Hb 7, 26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5, 21), sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2, 17), la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación. La Iglesia continúa su peregrinación “en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios”, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. 1 Co 11, 26). Se siente fortalecida con la fuerza del Señor resucitado para poder superar con paciencia y amor todos los sufrimientos y dificultades, tanto interiores como exteriores, y revelar en el mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz»[11].

En esta perspectiva, el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31). Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4). Gracias a la fe, esta vida nueva plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección. En la medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los afectos, la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y transforman lentamente, en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida. La «fe que actúa por el amor» (Ga 5, 6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre (cf. Rm 12, 2; Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2 Co 5, 17).

7. «Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe. El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo»[12]. El santo Obispo de Hipona tenía buenos motivos para expresarse de esta manera. Como sabemos, su vida fue una búsqueda continua de la belleza de la fe hasta que su corazón encontró descanso en Dios.[13]Sus numerosos escritos, en los que explica la importancia de creer y la verdad de la fe, permanecen aún hoy como un patrimonio de riqueza sin igual, consintiendo todavía a tantas personas que buscan a Dios encontrar el sendero justo para acceder a la «puerta de la fe».

Así, la fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in crescendo continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios.

8. En esta feliz conmemoración, deseo invitar a los hermanos Obispos de todo el Orbe a que se unan al Sucesor de Pedro en el tiempo de gracia espiritual que el Señor nos ofrece para rememorar el don precioso de la fe. Queremos celebrar este Año de manera digna y fecunda. Habrá que intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo. Tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo; en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre. En este Año, las comunidades religiosas, así como las parroquiales, y todas las realidades eclesiales antiguas y nuevas, encontrarán la manera de profesar públicamente el Credo.

9. Deseamos que este Año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, que es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza»[14]. Al mismo tiempo, esperamos que el testimonio de vida de los creyentes sea cada vez más creíble. Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada[15], y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este Año.
No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón»[16].

10. En este sentido, quisiera esbozar un camino que sea útil para comprender de manera más profunda no sólo los contenidos de la fe sino, juntamente también con eso, el acto con el que decidimos de entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios. En efecto, existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento. El apóstol Pablo nos ayuda a entrar dentro de esta realidad cuando escribe: «con el corazón se cree y con los labios se profesa» (cf. Rm 10, 10). El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo.
A este propósito, el ejemplo de Lidia es muy elocuente. Cuenta san Lucas que Pablo, mientras se encontraba en Filipos, fue un sábado a anunciar el Evangelio a algunas mujeres; entre estas estaba Lidia y el «Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo» (Hch 16, 14). El sentido que encierra la expresión es importante. San Lucas enseña que el conocimiento de los contenidos que se han de creer no es suficiente si después el corazón, auténtico sagrario de la persona, no está abierto por la gracia que permite tener ojos para mirar en profundidad y comprender que lo que se ha anunciado es la Palabra de Dios.

Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso.

La misma profesión de fe es un acto personal y al mismo tiempo comunitario. En efecto, el primer sujeto de la fe es la Iglesia. En la fe de la comunidad cristiana cada uno recibe el bautismo, signo eficaz de la entrada en el pueblo de los creyentes para alcanzar la salvación. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: «“Creo”: Es la fe de la Iglesia profesada personalmente por cada creyente, principalmente en su bautismo. “Creemos”: Es la fe de la Iglesia confesada por los obispos reunidos en Concilio o, más generalmente, por la asamblea litúrgica de los creyentes. “Creo”, es también la Iglesia, nuestra Madre, que responde a Dios por su fe y que nos enseña a decir: “creo”, “creemos”»[17].

Como se puede ver, el conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia. El conocimiento de la fe introduce en la totalidad del misterio salvífico revelado por Dios. El asentimiento que se presta implica por tanto que, cuando se cree, se acepta libremente todo el misterio de la fe, ya que quien garantiza su verdad es Dios mismo que se revela y da a conocer su misterio de amor[18].

Por otra parte, no podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aún no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico «preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de «lo que vale y permanece siempre»[19]. Esta exigencia constituye una invitación permanente, inscrita indeleblemente en el corazón humano, a ponerse en camino para encontrar a Aquel que no buscaríamos si no hubiera ya venido[20]. La fe nos invita y nos abre totalmente a este encuentro.

11. Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II. En la Constitución apostólica Fidei depositum, firmada precisamente al cumplirse el trigésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, el beato Juan Pablo II escribía: «Este Catecismo es una contribución importantísima a la obra de renovación de la vida eclesial... Lo declaro como regla segura para la enseñanza de la fe y como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial»[21].

Precisamente en este horizonte, el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica. En efecto, en él se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los Maestros de teología a los Santos de todos los siglos, el Catecismo ofrece una memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su vida de fe.
En su misma estructura, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta el desarrollo de la fe hasta abordar los grandes temas de la vida cotidiana. A través de sus páginas se descubre que todo lo que se presenta no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia. A la profesión de fe, de hecho, sigue la explicación de la vida sacramental, en la que Cristo está presente y actúa, y continúa la construcción de su Iglesia. Sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos. Del mismo modo, la enseñanza del Catecismo sobre la vida moral adquiere su pleno sentido cuando se pone en relación con la fe, la liturgia y la oración.

12. Así, pues, el Catecismo de la Iglesia Católica podrá ser en este Año un verdadero instrumento de apoyo a la fe, especialmente para quienes se preocupan por la formación de los cristianos, tan importante en nuestro contexto cultural. Para ello, he invitado a la Congregación para la Doctrina de la Fe a que, de acuerdo con los Dicasterios competentes de la Santa Sede, redacte una Nota con la que se ofrezca a la Iglesia y a los creyentes algunas indicaciones para vivir este Año de la fe de la manera más eficaz y apropiada, ayudándoles a creer y evangelizar.

En efecto, la fe está sometida más que en el pasado a una serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos. Pero la Iglesia nunca ha tenido miedo de mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad[22].

13. A lo largo de este Año, será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos.

Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación.

Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega (cf. Lc 1, 38). En la visita a Isabel entonó su canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él (cf. Lc 1, 46-55). Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad (cf. Lc 2, 6-7). Confiada en su esposo José, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes (cf. Mt 2, 13-15). Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario (cf. Jn 19, 25-27). Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14; 2, 1-4).

Por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro (cf. Mt 10, 28). Creyeron en las palabras con las que anunciaba el Reino de Dios, que está presente y se realiza en su persona (cf. Lc 11, 20). Vivieron en comunión de vida con Jesús, que los instruía con sus enseñanzas, dejándoles una nueva regla de vida por la que serían reconocidos como sus discípulos después de su muerte (cf. Jn 13, 34-35). Por la fe, fueron por el mundo entero, siguiendo el mandato de llevar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15) y, sin temor alguno, anunciaron a todos la alegría de la resurrección, de la que fueron testigos fieles.

Por la fe, los discípulos formaron la primera comunidad reunida en torno a la enseñanza de los Apóstoles, la oración y la celebración de la Eucaristía, poniendo en común todos sus bienes para atender las necesidades de los hermanos (cf. Hch 2, 42-47).

Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había trasformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores.

Por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, dejando todo para vivir en la sencillez evangélica la obediencia, la pobreza y la castidad, signos concretos de la espera del Señor que no tarda en llegar. Por la fe, muchos cristianos han promovido acciones en favor de la justicia, para hacer concreta la palabra del Señor, que ha venido a proclamar la liberación de los oprimidos y un año de gracia para todos (cf. Lc 4, 18-19).

Por la fe, hombres y mujeres de toda edad, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Ap 7, 9; 13, 8), han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos: en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban.

También nosotros vivimos por la fe: para el reconocimiento vivo del Señor Jesús, presente en nuestras vidas y en la historia.

14. El Año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad. San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). Con palabras aún más fuertes —que siempre atañen a los cristianos—, el apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe”» (St 2, 14-18).

La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40): estas palabras suyas son una advertencia que no se ha de olvidar, y una invitación perenne a devolver ese amor con el que él cuida de nosotros. Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida. Sostenidos por la fe, miramos con esperanza a nuestro compromiso en el mundo, aguardando «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia» (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1).

15. Llegados sus últimos días, el apóstol Pablo pidió al discípulo Timoteo que «buscara la fe» (cf. 2 Tm 2, 22) con la misma constancia de cuando era niño (cf. 2 Tm 3, 15). Escuchemos esta invitación como dirigida a cada uno de nosotros, para que nadie se vuelva perezoso en la fe. Ella es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros. Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo. Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin.

«Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero. Las palabras del apóstol Pedro proyectan un último rayo de luz sobre la fe: «Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe; la salvación de vuestras almas» (1 P 1, 6-9). La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y el sufrimiento. Cuántos santos han experimentado la soledad. Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf. Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él: presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc 11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre.

Confiemos a la Madre de Dios, proclamada «bienaventurada porque ha creído» (Lc 1, 45), este tiempo de gracia.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de octubre del año 2011, séptimo de mi Pontificado.

BENEDICTO XVI

[1] Homilía en la Misa de inicio de Pontificado (24 abril 2005): AAS 97 (2005), 710.
[2] Cf. Benedicto XVI, Homilía en la Misa en Terreiro do Paço, Lisboa (11 mayo 2010), en L’Osservatore Romano ed. en Leng. española (16 mayo 2010), pag. 8-9.
[3] Cf. Juan Pablo II, Const. ap. Fidei depositum (11 octubre 1992): AAS 86 (1994), 113-118.
[4] Cf. Relación final del Sínodo Extraordinario de los Obispos (7 diciembre 1985), II, B, a, 4, en L’Osservatore Romano ed. en Leng. española (22 diciembre 1985), pag. 12.
[5] Pablo VI, Exhort. ap. Petrum et Paulum Apostolos, en el XIX centenario del martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo (22 febrero 1967): AAS 59 (1967), 196.
[6] Ibíd., 198.
[7] Pablo VI, Solemne profesión de fe, Homilía para la concelebración en el XIX centenario del martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo, en la conclusión del “Año de la fe” (30 junio 1968): AAS 60 (1968), 433-445.
[8] Id., Audiencia General (14 junio 1967): Insegnamenti V (1967), 801.
[9] Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 57: AAS 93 (2001), 308.
[10] Discurso a la Curia Romana (22 diciembre 2005): AAS 98 (2006), 52.
[11] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 8.
[12] De utilitate credendi, 1, 2.
[13] Cf. Agustín de Hipona, Confesiones, I, 1.
[14] Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 10.
[15] Cf. Juan Pablo II, Const. ap. Fidei depositum (11 octubre 1992): AAS 86 (1994), 116.
[16] Sermo215, 1.
[17] Catecismo de la Iglesia Católica, 167.
[18] Cf. Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm. Dei Filius, sobre la fe católica, cap. III: DS 3008-3009; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 5.
[19] Discurso en el Collège des Bernardins, París (12 septiembre 2008): AAS 100 (2008), 722.
[20] Cf. Agustín de Hipona, Confesiones, XIII, 1.
[21] Juan Pablo II, Const. ap. Fidei depositum (11 octubre 1992):AAS 86 (1994), 115 y 117.
[22] Cf. Id., Carta enc. Fides et ratio (14 septiembre 1998) 34.106: AAS 91 (1999), 31-32. 86-87.
(VATICAN.VA)

lunes, octubre 08, 2012

@yoanisanchez: Heroína y Mujer Fuerte

Hermanos, Paz y Bien a todos.

Yoani Sánchez AFP/GETTY IMAGESComo ya conocerán, mi famosa y mucho mejor conocida colega bitacorista, Yoani Sánchez, fue arrestada por la policía política en Cuba, para luego ser dejada en libertad tras 30 horas de cautiverio.  La también periodista del rotativo español, El País, para cubrir el juicio del español Ángel Carromero, acusado por la muerte del activista cubano Oswaldo Payá, cuando fue detenida. Las autoridades intentaron humillarla y amedentrarla, mientras que los cargabotas de la dictadura inventaban excusas y pretextos para justificar su detención.

Que no quede duda, mis hermanos: Cuba vive bajo una dictadura que criminaliza opiniones contrarias. La única entidad de la verdadera sociedad civil a la cual se le permite funciona con una libertad limitada es a la Iglesia, y eso porque el régimen reconoce, aunque inconcientemente, que cuando la dictadura se desmorone por causa de su pudrición, la Iglesia quedará como la únicainstitución en pie para moderar la transición.

Mientras tanto, el pueblo cubano cuenta con voces como la de Yoani, mujer fuerte y profética, quien no tiene que ser católica para ser profetisa y llevar al viento un mensaje de fe, esperanza y resistencia a un pueblo sufriente y ante un tirano insaciable. Dios la bendiga y la proteja y que la liberación del pueblo cubano suceda pronto y sin derramamiento de sangre.

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domingo, octubre 07, 2012

La Fe práctica en la Divina Providencia

Padre Nicolás Schwizer

¿Cómo entendemos eso? Creemos que Dios ‑ Padre ha hecho un plan de vida de cada uno de sus hijos. Por ese plan providente, quiere conducirnos a su Reino, educarnos como hijos, perfeccionarnos según la imagen de Jesucristo.

Y porque “Dios es amor”, este plan no puede ser sino un plan de amor. Dios quiere que seamos felices, por toda la eternidad. Por eso, Dios sólo puede querer nuestro bien.

Dios consecuente con su plan, se preocupa de cada ser humano, porque Él es Padre. Se preocupa de cada cosa, incluso de la más insignificante, en mi vida. Por eso la palabra del Señor: “¿Acaso no se venden dos pajaritos por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae a tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el Cielo…”.

Dios quiere que conozcamos, que descubramos poco a poco su plan de amor. Quiere que sepamos cuál es su deseo para con nosotros. Es por eso que Él nos habla permanentemente.

Son tres los libros que contienen su palabra.

1. El primero es la BIBLIA.

2. El otro es el libro de su CREACIÓN: Allí nos habla p.ej. a través de las flores, del cielo, del sol, etc. Cada una de sus creaturas es la encarnación de un pensamiento y de un deseo suyo.

3. Pero sobre todo Dios nos habla a través del libro de la vida, es decir, los acontecimientos de cada día. Cada hecho que sucede - p.ej. ese problema que se presentó en mi trabajo o en mi casa; esa alegría que me dio mi cónyuge; ese consejo que recibí de un amigo, todo eso es una voz, un llamado de Dios.

Dios está realmente presente en mi vida y es allí donde tengo que encontrarlo y dialogar con Él. Pero para eso necesito saber mirar con fe lo que me sucede y dejarme tiempo para poder descifrar los mensajes que Dios me envía.

Lo que más nos cuesta aceptar en nuestra vida son los sucesos dolorosos, cruces y sufrimientos que Dios envía o que Él permite. Las manos de Dios son siempre bondadosas, pero están, algunas veces, revestidas de guantes de hierro. Y esos guantes de hierro hacen daño.

¿Que debemos hacer entonces? Debemos hacer trans­parentes los guantes de hierro y ver detrás, a la luz de la fe, las manos bondadosas del Padre. Él hace todo siempre por amor, también cuando se trata de injusticias, calumnias, humillaciones, o de otras cruces que Él permite en nuestras vidas.

Así, cada día de nuestra vida, cada acontecimiento es como una carta de amor que Dios nos escribe.

Para encontrar al Dios de la vida, deberíamos bus­carlo primero en nuestro pasado. Deberíamos ver su mano en aquellos hechos que más nos han marcado, tanto en los tristes como en los felices. Nada de eso ha sucedido por casualidad. Dios escribe con­migo una historia de amor original, inédita, diferente a todas las otras. Y yo he de aceptarla así como Él lo ha querido.

Pero principalmente tengo que leer los mensajes que Dios me envía en el presente de mi vida. El pasado ya no puedo cambiarlo y tengo que aceptarlo tal como ha sido. El futuro está abierto todavía. Y mediante las cosas que me están sucediendo hoy, Dios me está proponiendo planes que tengo que realizar mañana: me está invitando a actuar, me está haciendo advertencias, me está pidiendo más amor.

P.ej. la enfermedad de mi hijo, la situación difícil en mi trabajo, la mala nota que saqué en el colegio, etc., son voces, llamados de Dios. También la situación social, política, religiosa del país forma parte de mi diálogo personal con Dios. En todo trato de escuchar su voz para darle la respuesta que me pide.

Esa ha sido la actitud permanente de la Sma. Virgen. Ella iba recogiendo y meditando todo lo que pasaba a su alrededor, para descubrir así el plan de Dios con Ella.

También nosotros hemos de imitar el ejemplo de María. Hemos de ir acostumbrándonos a reflexionar sobre lo que Dios nos dice o pide a través de las distintas cosas que nos pasan. Entonces marchare­mos con seguridad por la vida.

Preguntas para la reflexión

1. ¿Veo a Dios en las cruces de la vida?

2. ¿Reflexiono sobre el plan de Dios en mi vida?

3. ¿“Leo el libro de mi vida?

viernes, octubre 05, 2012

carta pastoral del arzobispo de San Juan de Puerto Rico

Dedicada a la paz en el país y al rezo del santo rosario

¡Paz para Puerto Rico!,

El santo rosario, camino por la paz en el Año de la fe
SER Monseñor Roberto González Nieves
Arzobispo Metropolitano de San Juan de Puerto Rico
I. Introducción:

Querido Pueblo Santo de Dios que peregrina en la Arquidiócesis de San Juan de Puerto Rico, recibe de este, tu servidor, un fuerte abrazo de paz y bien.

1. Durante este mes de octubre de 2012 quisiera exhortarles a rezar más intensamente el Santo Rosario por la causa de la paz en Puerto Rico. María y los apóstoles del Señor, "subieron a la sala donde solían reunirse” y allí "perseveraban en la oración, con un mismo espíritu" (Hch 1, 13-14). Hoy, nosotros y nosotras, los discípulos y discípulas de Jesús, que formamos la Iglesia de Jesucristo en Puerto Rico, también queremos, juntamente con María y los apóstoles, reunirnos y perseverar en la oración y suplicar por la paz, la reconciliación y la unidad en Puerto Rico.

2. En la oración del Rosario, “María, la Madre del Señor, se encuentra en medio de nosotros. Hoy es Ella quien orienta nuestra meditación; Ella nos enseña a rezar. Es Ella quien nos muestra el modo de abrir nuestra mente y nuestro corazón a la fuerza del Espíritu Santo, que viene para ser comunicado al mundo entero.” (Discurso de Benedicto XVI al finalizar el rezo del Santo Rosario en Aparecida, 12 de mayo 2007)

3. Decía el Beato Juan Pablo II, respecto al Santo Rosario: “En efecto, ¿qué es el Rosario? Un compendio del Evangelio. Nos hace volver continuamente a las principales escenas de la vida de Cristo, como para hacernos "respirar" su misterio. El Rosario es un camino privilegiado de contemplación. Es, por decirlo así, el camino de María. ¿Quién conoce y ama a Cristo más que Ella?” (Discurso en Santuario Mariano de Pompeya, 7 de octubre de 2012). Durante el mes de octubre de 2012, nuestra Arquidiócesis, quiere meditar, contemplar continuamente las escenas más importantes en la vida de Jesús para, junto a María, respirar el Misterio de Cristo y hacer una sentida plegaria por la paz, tan necesaria en Puerto Rico.

II. El Santo Rosario como identificación de nuestra fe

4. Cuando el Beato Juan Pablo II nos visitó, resaltó como un elemento de la identificación de la fe en Puerto Rico, el llevar el Santo Rosario: “El amor providente del Padre os ha guiado siempre por los caminos de la historia de la mano de María. En momentos históricos difíciles para la fe, el jíbaro bueno de esta tierra llevaba, y lleva aún, colgado de su cuello el Rosario de la Virgen María. Era la identificación de su fe.” (Homilía en Plaza Las Américas, 12 de octubre de 1984)
5. Ese Rosario de la Virgen María, hoy no sólo queremos llevarlo colgado al cuello, sino queremos colgarlo en cada corazón humano para que sea un instrumento más de contemplación del rostro de Cristo y sus misterios de salvación. Que ese rosario nos vincule siempre a Cristo por medio de su Madre, la Virgen María, la Virgen del “Sí” a Dios, la Virgen que no sólo busca a su Hijo extraviado en el Templo, sino que nos busca también a nosotros y nosotras, sus hijos e hijas boricuas, y todos los que habitan en esta tierra, cuando nos extraviamos y nos alejamos del Templo, que es la Iglesia, transmisora de la fe cristiana.

III. El Santo Rosario y la Nueva Evangelización

6. El Rosario, por conducto de María, nos conduce a Jesús, el centro de la Evangelización. A Ella, por guiarnos a Jesús, la honramos como Estrella de la Nueva Evangelización. María, en la plenitud de los tiempos, en la hora decisiva de la historia humana, se ofreció a sí misma a Dios, ofreció su cuerpo, su juventud y su alma como morada. En Ella y de Ella el Hijo de Dios asumió la carne y tomó rostro humano. Por medio de Ella la Palabra se hizo carne (cf. Jn 1, 14).

7. Cabe mencionar que la Nueva Evangelización no es un cambio en la misión de la Iglesia debido a los tiempos modernos. ¿Qué es la Nueva Evangelización entonces? “El Beato Juan Pablo II, en el primer discurso que habría dado notoriedad y resonancia a este término, dirigiéndose a los Obispos del continente latinoamericano, la define de la siguiente manera: “La conmemoración del medio milenio de Evangelización tendrá su significación plena si es un compromiso vuestro, como Obispos, junto con vuestro presbiterio y fieles; compromiso, no de reevangelización, pero sí de una Evangelización nueva. Nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión” (La Nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana, Instrumentum Laboris, 2012, n. 45; Juan Pablo II, Discurso a la XIX Asamblea del CELAM (Port au Prince, Haití, 9 de marzo de 1983),

8. También, el Rosario por la Paz se da en el contexto de la celebración de los 500 años de la llegada de nuestro primer Obispo a Puerto Rico, don Alonso Manso (25 diciembre de 1512), quien fuera el primer sucesor de los Apóstoles en toda América, no se trata únicamente de apelar a nuestra herencia cristiana que data de siglos. Aunque esto es importante, de lo que verdaderamente se trata es de vivir la fe para alcanzar de nuevo la capacidad de dirigir nuestras vidas y nuestro futuro, personal, social y nacional, iluminado por los principios del Evangelio de Cristo. La fe es el encuentro con Cristo, encuentro que lo cambia todo, que lo transforma todo y lo restaura todo en Cristo.

9. Que estos 500 años de la fundación de la Iglesia propicie una reflexión que nos ayude a redescubrir la importancia de la fe en Cristo, que sea una celebración que conduzca a un encuentro con Jesucristo, muerto y resucitado. Somos cristianos en virtud de que hemos encontrado a Cristo y le hemos seguido. Ser cristiano no se fundamenta en una decisión, sino en un encuentro. “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. (Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus caritas est (25 de diciembre de 2005)

10. Puertorriqueños y puertorriqueñas, y a todos los que habitan en este terruño borinqueño, el Señor toca a la puerta y nos llama. No temamos de abrir nuestros corazones a Jesús. Él es la única esperanza que no defrauda. Como María, no tengamos miedo de responder. Ella respondió con su “sí” a la Palabra del Señor y, después de haberla concebido al Salvador en su seno, se puso en camino llena de alegría y esperanza. Que Ella sea siempre nuestro modelo y nuestra guía para la Nueva Evangelización.

Léela toda aquí.