El pasado
24 de noviembre, el diario colombiano El
Tiempo publicó, en su edición digital, un artículo del Padre Alfonso Llano
Escobar, S.J., titulado La
Infancia de Jesús. En dicho artículo, el P. Alfonso discute la
publicación reciente del tercer libro de la trilogía Jesús de Nazaret del Papa Benedicto XVI, en donde el también
catedrático jesuita manifiesta su consternación acerca del uso que el Santo
Padre hace de los dogmas de la concepción virginal de Jesús en María, y de la
virginidad perpetua de Nuestra Señora. En sus propias palabras, el P. Alfonso
nos dice:
![]() |
| Padre Alfonso Llano Escobar, S.J |
Para empezar, estos últimos se preguntan: ¿por
qué vuelve el Papa sobre un punto que parecía ya superado, a saber, la
virginidad de María?
Respondo: por tres razones, una
obvia, y es que el teólogo Ratzinger se propuso escribir una trilogía sobre
Jesús de Nazaret. Ya se había ocupado de la vida pública de Jesús y de su
Pasión, muerte y Resurrección. Le faltaba este tercer volumen, ya anunciado,
sobre la infancia de Jesús. Y ahora lo hace, tema que lo lleva a hablar
necesariamente de la virginidad de María. Segunda, porque Jesús es el personaje
central de la fe católica, y es deber del Papa predicar a Jesús opportune et
importune, a tiempo y a destiempo, como aconseja san Pablo a Timoteo (II Tim
4,2). Tercera: porque el tema de la virginidad de María está siendo revisado
por algunos teólogos católicos y requiere aclaración.
Hablar de Jesús no es fácil, porque
es un misterio, el misterio central de la fe católica, que confiesa que Jesús
es verdadero (hijo del) hombre y verdadero (hijo de) Dios. Esta doble realidad
supone un doble nacimiento. San Pablo, en la carta a los filipenses 2,6 nos
dice que Jesús fue un hombre común y corriente (Fil 2,7). San Mateo, el mismo
que nos habla de la concepción divina de Jesús (1,26), nos presenta a Jesús
como el hijo de María y de José ( 13,53 y ss.) y con varios hermanos hombres y
varias mujeres. Conviene aclarar que, a juicio del biblista católico
norteamericano John Meier, quien estudia a fondo el problema, en los cuatro
Evangelios se trata de verdaderos hermanos carnales de Jesús (Un Judío
Marginal, I, 341). Es hora de dejar el cuento de que son primos hermanos de
Jesús. Tal supuesto se aducía para poner a salvo la virginidad corporal de
María. El Papa cita varias veces en su trilogía la obra de este gran biblista,
sin oponerse a su interpretación de la no virginidad corporal de María.
Para que se entienda la posición del
Papa en este volumen tercero, conviene tener en cuenta que en teología hay dos
maneras complementarias de acceder a Jesús: una vía descendente, que es la que
sigue el Papa, y siguieron los cuatro primeros concilios, que se apoya en san
Juan I,14: "El Verbo se hizo hombre", vía que hace énfasis en la
divinidad de Jesús, como lo hace el Papa, y la otra vía que es ascendente, que
fue la histórica, que comienza con el hombre Jesús y termina con su exaltación
como Hijo de Dios, según la cual María tuvo una familia numerosa.
Resumiendo: el lector de esta obra
de Ratzinger se va a encontrar con la afirmación de la virginidad de María.
Dado que el Papa sigue en esta obra la vía descendente, hace énfasis en su
divinidad, que da pie a la virginidad teológica de María (Mt 1,26) y silencia
su humanidad, cuyo origen no es virginal (Mt 13,53 y ss.). En otras palabras:
María engendra al Hijo de Dios virginalmente, en sentido teológico, sin la
intervención de José, tal como lo relata Mateo 1,26, por obra y gracia del
Espíritu Santo. En cambio, como madre del hombre Jesús, igual a nosotros, lo
engendra con un acto de amor con su legítimo esposo, José, del cual tuvo cuatro
hijos varones y varias mujeres (Mt 13,53 y ss.).
Yo también
daba el asunto de la concepción virginal de Jesús en el seno de María como algo
“superado,” ya que es una afirmación directa encontrada en el evangelio según
San Mateo, y recibida como tal por la comunidad primitiva que recibió y
transmitió esta verdad. Si así lo entendieron ellos, así lo debemos de entender
nosotros sin chistar, aunque nos incomode las implicaciones.
Una cosa
que quiero apuntar es la mención que el P. Alfonso hace de la obra del monseñor
John P. Meier, titulada Jesus: A Marginal
Jew (“Jesús: Un judío marginal”) para sustentar su tesis de que la
concepción de Jesús fue natural y que los “hermanos de Jesús” fueron, de hecho,
hijos naturales de José y María:
Aun así, si—prescindiendo de la fe y
la subsecuente enseñanza de la Iglesia—se le pregunta a un historiador o a un
exegeta que juzgue los textos del NT y patrísticos que hemos examinado, vistos simplemente
como fuentes históricas, sus opiniones más probables serán que los hermanos y
hermanas de Jesús fueron hermanos realmente.
Hermano y
hermana que me lees, fíjate bien del parámetro que el monseñor Meier describe
para avalar – y atenuar – su tesis, la cual hace prescindiendo de la fe y la subsecuente enseñanza de la Iglesia.
Tal vez por esto es que el Santo Padre cita a Meier sin chistar como yo citaría
de la obra del exegeta anglicano N.T. Wright sin que por esto se implique que
yo acepto el dogma anglicano el cual, dicho sea de paso, también niega la
virginidad perpetua de María. Es que son autoridades eruditas y quienes nos
interesa este campo tenemos que leerles y entenderles.
Pero como
teólogos católicos no podemos “prescindir” de la fe y de la enseñanza de la
Iglesia a la hora de comunicar la verdad. El método de la duda metódica sirve
para realzar varios aspectos relacionados con la composición y redacción del
Nuevo Testamento, pero no sirve para dictar dogmas a la Iglesia. Para dictar
dogmas o más bien, para asistirnos en el camino de reflexión y entendimiento de
ciertas verdades implícitas en la proclamación evangélica primitiva, está el
Espíritu Santo. Ni el monseñor Meier ni P. Alfonso cualifican para tomar el
lugar del Espíritu Santo como guía de la Iglesia.
Me parece a
mí, y lo digo con todo el respeto, que el P. Alfonso tiene que cuestionarse su
papel como exegeta católico y su posición como teólogo en nuestra Iglesia. Lo
digo porque sus afirmaciones tajantes, de corte dogmático, contradicen lo que
la Iglesia proclama desde los tiempos en que puso el evangelio por escrito: que
Jesús se encarnó de María Virgen por obra del Espíritu Santo y de nadie más. La
Iglesia también proclama que esa cobertura del Espíritu Santo sobre María Virgen
la transformó de tal manera que le hizo impensable ser tocada por el justo San José.
Esta es la fe de la Iglesia que el P. Alfonso Llano, como sacerdote e hijo de
San Ignacio de Loyola tiene el deber de proclamar y defender.









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