miércoles, noviembre 28, 2012

La enfermedad, ¿castigo del pecado?

Autor: P. José P. Benabarre Vigo | Fuente: El Visitante


Que la enfermedad -al­gunas enfermedades e, in­cluso la muerte prematura- sean castigo del pecado, no me atrevería yo a afirmarlo si la Biblia, y aun la ciencia, no lo afirmaran.

La ciencia

Al comenzar por lo más evidente, puede citarse la cirrosis, dolorosa y mortal enfermedad del hígado, ocasionada las más de las veces por el abuso del al­chol.

El síndrome de la in­munodeficiencia adquirida (AIDS), que tantas víctimas produce en el mundo ente­ro, se transmite por el acto sexual.

Y está probado que el tabaco, y más si se combina con el abuso del alcohol, es causa inmediata de mu­chas muertes

¿Y cuántas muje­res quedan marcadas emo­cionalmente toda la vida e, incluso, mueren en muchas ocasiones por cometer el cri­men del aborto?

La Biblia

Los capítulos 2 y 3 del Génesis ponen de mani­fiesto que algunas de las penalidades que ahora su­frimos e, incluso la muerte, son castigos que vienen de nuestros primeros pecado­res padres. Y el Capítulo 4 nos presenta la historia de Caín, sobre quien recayeron duros castigos por la muer­te de su hermano Abel.

Las diez plagas in­fligidas al pueblo egipcio y la total destrucción de sus mejores ejércitos en el Mar Rojo, fueron castigos por los pecados del faraón con­tra los Israelitas (Génesis Capítulos 7, 12, 14). Y cuan­do éstos cometen el gran pecado de adorar al becerro de oro, Yahveh ordenó el exterminio de 23,000 hom­bres (Éxodo 32, 28). Y la casi total deportación del pueblo judío a Babilonia fue un castigo a sus pecados (1 Crónicas 9, 1). Fue por sus pecados que murió Saul (1 Crónicas 10, 13); etc., etc.

Jesús y San Pablo

El buen Jesús nos en­señó que Dios castiga el pecado, al menos algunas veces, ya durante nuestra vida, como ocurrió a los aplastados por la Torre de Siloé.

Al enfermo curado en la piscina llamada Probá­tica le dijo claramente el manso Jesús: “Mira, estás curado; no peques más para que no te suceda algo peor”. (Juan 5. 14)

Por su parte, San Pablo es categórico al afirmar que la muerte, que nos afectará a todos, es castigo del peca­do (ver Romanos 5, 12). Y al referirse a los abusos que los fieles de Corinto habían introducido en la celebra­ción de la Eucaristía, les dijo y ahora nos lo repite a nosotros: “Quien come y bebe sin discernir el Cuerpo de Cristo, come y bebe su propio castigo. Por eso hay entre vosotros muchos en­fermos y débiles, y mueren no pocos” (1 Corintios 11, 29-30).

Muy querido lector, le pido encarecidamente que jamás se acerque a comul­gar sin haber examinado seriamente su conciencia. Sólo si la ve del todo limpia, se atreva a comulgar. No se fije en si le miran o no; es cuestión entre nuestro amado Jesús y nosotros.