Que la enfermedad -algunas enfermedades e, incluso la muerte prematura- sean castigo del pecado, no me atrevería yo a afirmarlo si la Biblia, y aun la ciencia, no lo afirmaran.La ciencia
Al comenzar por lo más evidente, puede citarse la cirrosis, dolorosa y mortal enfermedad del hígado, ocasionada las más de las veces por el abuso del alchol.
El síndrome de la inmunodeficiencia adquirida (AIDS), que tantas víctimas produce en el mundo entero, se transmite por el acto sexual.
Y está probado que el tabaco, y más si se combina con el abuso del alcohol, es causa inmediata de muchas muertes
¿Y cuántas mujeres quedan marcadas emocionalmente toda la vida e, incluso, mueren en muchas ocasiones por cometer el crimen del aborto?
La Biblia
Los capítulos 2 y 3 del Génesis ponen de manifiesto que algunas de las penalidades que ahora sufrimos e, incluso la muerte, son castigos que vienen de nuestros primeros pecadores padres. Y el Capítulo 4 nos presenta la historia de Caín, sobre quien recayeron duros castigos por la muerte de su hermano Abel.
Las diez plagas infligidas al pueblo egipcio y la total destrucción de sus mejores ejércitos en el Mar Rojo, fueron castigos por los pecados del faraón contra los Israelitas (Génesis Capítulos 7, 12, 14). Y cuando éstos cometen el gran pecado de adorar al becerro de oro, Yahveh ordenó el exterminio de 23,000 hombres (Éxodo 32, 28). Y la casi total deportación del pueblo judío a Babilonia fue un castigo a sus pecados (1 Crónicas 9, 1). Fue por sus pecados que murió Saul (1 Crónicas 10, 13); etc., etc.
Jesús y San Pablo
El buen Jesús nos enseñó que Dios castiga el pecado, al menos algunas veces, ya durante nuestra vida, como ocurrió a los aplastados por la Torre de Siloé.
Al enfermo curado en la piscina llamada Probática le dijo claramente el manso Jesús: “Mira, estás curado; no peques más para que no te suceda algo peor”. (Juan 5. 14)
Por su parte, San Pablo es categórico al afirmar que la muerte, que nos afectará a todos, es castigo del pecado (ver Romanos 5, 12). Y al referirse a los abusos que los fieles de Corinto habían introducido en la celebración de la Eucaristía, les dijo y ahora nos lo repite a nosotros: “Quien come y bebe sin discernir el Cuerpo de Cristo, come y bebe su propio castigo. Por eso hay entre vosotros muchos enfermos y débiles, y mueren no pocos” (1 Corintios 11, 29-30).
Muy querido lector, le pido encarecidamente que jamás se acerque a comulgar sin haber examinado seriamente su conciencia. Sólo si la ve del todo limpia, se atreva a comulgar. No se fije en si le miran o no; es cuestión entre nuestro amado Jesús y nosotros.







