jueves, julio 10, 2008

El aporte de la Iglesia Católica a la cultura universal

Antonio J. Molina, Academia de Artes y Ciencias de Puerto Rico, San Juan
Fuente: El Visitante

No expongo este trabajo como católico comprometido que soy, sino como modesto investigador ya que la Historia es la maestra de la vida y no se puede ocultar nada bajo el sol.

La Iglesia aunque siempre ha tenido la protección del Espíritu Santo, según creemos, está compuesta por hombres y mujeres y en esta andadura de dos milenios son muchos los errores cometidos. Desde Juan XXIII, Juan El Bueno, Pablo VI y el fallecido Pontífice Juan Pablo II el mundo se ha maravillado viéndoles como han pedido perdón, en nombre de la Iglesia, a los que han sido afectados a través de los siglos, como fueron los judíos, los protestantes y otros grupos. Todos los hombres y mujeres son iguales en todos los tiempos y en todos los lugares. También Calvino pudiera pedir perdón por sus hogueras en Ginebra, o Lutero por sus despiadados ataques a los campesinos que no querían abandonar la fe de sus mayores.

Lutero, figura que se está reexaminando por la Iglesia, pudo haber hecho mucho bien dentro de la institución pero se salió de ella. Su éxito inicial históricamente se sabe se debió a la ambición de algunos arruinados príncipes alemanes que vieron en los valiosos terrenos y edificios de las abadías, colegios y conventos de la Iglesia una buena razón para “cambiar de fe”, entre comillas, al igual que Enrique VIII, que se separa de la Silla de Pedro por casarse con Ana Bolena, a la que después le corta la cabeza.

Es digna de atención la hoy llamada Teología de la Liberación pero siempre dentro de la Institución. Los que se van no quieren seguir luchando. Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León y tantos otros se enfrentaron con valor a la Inquisición, al igual que recibieron el embate más reciente un Maritain o un Theilard de Chardin... pero todos ellos dijeron más o menos lo que la primera, la Doctora de Avila: “Señor, si me quieres usar será dentro de tu Iglesia”.

Cuando Constantino le da la libertad a la Iglesia se arrodilla pidiendo perdón ante aquellos setenta obispos mutilados, ciegos, mancos, torturados por los emperadores romanos. A esa Iglesia le hará algunas veces mucho daño el estar unida al trono pero eso ya se superó.

Volviendo al tema, haré una breve relación de aquellos puntos que más me han interesado. En esto del aporte a la cultura hay tema para mi discursos. Les dejo algunas ideas para meditar y poder comprobar una vez más el agradecimiento que se le debe a nuestro Credo.

Antes del Cristianismo la mujer era casi una esclava. La Iglesia desde el principio da poder a las mujeres y les reconoce su dignidad. Sería motivo de foro interminable hablar de las mujeres que pudieron desarrollar sus talentos, desde Santa Helena, la madre de Constantino, Santa Mónica, la madre de San Agustín, Catalina de Siena, Teresa de Avila, etc. hasta las famosas abadesas mitradas que eran soberanas de sus territorios, sin dejar de mencionar las fundadoras de tantas Ordenes femeninas que han aportado la espiritualidad, la beneficencia y la educación en los cinco continentes, que no es poco decir.

Un paréntesis histórico: Ya saben que en el Caribe había que ser contrabandista para poder comerciar con el extranjero dado el férreo sistema colonial español. Cuando apretaron demasiado, la muy aristocrática abadesa del Monasterio de Santa Clara de La Habana, tía de la Condesa de Merlín, la famosa escritora, le escribía al Rey de España, diciéndole que si no vendía las pieles de su ganado vacuno, sus monjas se le morían de hambre.

En América tenemos entre otros, a Sor Juana Inés de la Cruz, y saltando distancias, Ana de Lanzos realiza el primer acto de filantropía femenina en Puerto Rico cuando dona el Convento de las Carmelitas.

Un símbolo de la mujer actual en la Iglesia es esa “abuela del mundo” por cuya salud oraron igualmente musulmanes, budistas y cristianos, la Madre Teresa de Calcuta, premio Nobel de la Paz. Un periodista del New York Times le dijo: “Tiene usted tanta gente que le ayuda en su grandiosa labor ¿todos son católicos?” Ella contestó: “Nunca se los he preguntado”.

La Madre Teresa representa los billones de billones de horas y días en que ha habido una monja sirviendo en los orfanatos, leprosorios, hospitales, asilos, cárceles, reformatorios, manicomios, escuelas y universidades, a todo lo largo y ancho de este planeta ¡qué fácil es decirlo!

En el campo de los Derechos Humanos tenemos que mencionar al precursor Fray Francisco de Vitoria, fundador del Derecho Internacional. Los sajones se atreven a mencionar a Hugo Croccio sin acordarse que éste bebe de las fuentes del fraile dominico y lo menciona más de sesenta veces.

Hay que leer los diálogos de Vitoria con Carlos V en favor de los indios cuando le dice al hombre más poderoso del mundo de su tiempo: “Señor, Usted no tiene derecho a deshonrar a los Señores de otros pueblos que no le han deshonrado a Usted”, refiriéndose a los caciques de América.

El Padre Las Casas salva el honor de España y es un apóstol cuyo título de Protector de los Indios nadie le puede discutir. Por cierto, inicia su campaña en el famoso sermón de la Pascua de Pentecostés el 15 de junio de 1514, en mi ciudad natal, Sancti Spíritus, Cuba.

El Padre Félix Varela, que según el sabio habanero don José de la Luz y Caballero “fue el primero que enseñó a pensar a los cubanos” es el que redactó la Ley de la Abolición de la Esclavitud en las Cortes de Cádiz.

Alejandro VI, que no fue un modelo espiritual, sí fue un gran estadista cuando supo trazar aquella famosa línea divisoria por la que no podían traspasar ninguna de las dos potencias mundiales de la época: España y Portugal. Ya quisiera hoy la ONU, aunque fuera en día de fiesta, como dice el dicho, tener el poder de preservar la paz como se preservó entonces.

El Derecho de Asilo lo desarrolla la Iglesia desde la profunda Edad Media. Hay que darse cuenta el adelanto y la conquista que ello representaba en aquel tiempo cuando la vida humana bien poco valía. Como simple anécdota les recuerdo la de Santa Clara de Asís, prima de San Francisco, que se obstinó como él en fundar una Orden religiosa. Su padre le envió un ejército para apresarla y ella valientemente le dijo al capitán: “A asilo me debo y serás excomulgado si me sacas de aquí”. Allá fue el militarote y le dijo al padre: “Si quiere a su hija, vaya a buscarla usted”.

O el otro caso, en 1522, cuando los de mi pueblo de Sancti Spíritus, en lo que se ha llamado “la primera rebelión blanca de América” (pues el indio Hatuey acababa de ser quemado) se identifican con los bravos Comuneros de Castilla y se niegan a entregar el mando al Alcalde impuesto por la gente de Carlos V. Es mi abuelo décimo cuarto Don Vasco Porcallo de Figueroa, y décimo tercero del Dr. Rodulfo Gautier Portuondo, quien al pedir Pedro de Salazar asilo en la Iglesia de mi ciudad, lo arrastra por los cabellos y lo saca del templo (primera violación de asilo político en América).

Sobre las Artes Plásticas. No hay museo en el mundo que tenga cierta importancia que no posea obras religiosas: pinturas, esculturas, manuscritos iluminados, libros, grabados, códices, joyas del culto, etc.

La Biblia de Gutenberg, que podemos admirar en la entrada principal de la Biblioteca del Congreso, en Washington, es una Biblia católica. Cuántos incunables y joyas bibliográficas hoy el mundo atesora del pasado, hechos por la Iglesia y las Ordenes religiosas.

En Orfebrería. Hace unos diez años vimos en el Museo Metropolitano de Nueva York “Los tesoros de San Marco” traídos directamente de la catedral de Venecia. Aquello constituía un canto al Señor plasmado en grandiosas piezas que son patrimonio de la Humanidad.

En París podemos ver en la Abadía de Cluny variados ejempos de textiles, marfiles, relicarios, herrajería, emplomados, objetos del culto, y acá en América hay que visitar Los Claustros de Nueva York, un conjunto armonioso de varios claustros, pequeñas capillas, esculturas, tapices, etc. traídos de toda la Europa de la Edad Media, que dan testimonio de la creación humana.

Hace algunos años el Consejo de Educación Superior, del que soy asesor cultural, organizó un encuentro con varios dirigentes de la Unión Europea en San Juan y tuve el honor de ser uno de los cuatro moderadores. Al iniciarse el acto un diplomático habló de la Historia de Europa. Cuando terminó nuestro historiador el P. Fernando Picó le dijo lo siguiente: “¿Cómo se atreve a hablar de Europa sin mencionar la labor de la Iglesia?” El otro contestó: “Claro, claro, me olvidaba de Santa Teresa, San Juan de la Cruz...”.

Picó le ripostó: “¡Mucho antes que eso... La Iglesia enseñó a Europa la agricultura... le enseñó a criar caballos, aquellos monjes desde el siglo VI fueron los civilizadores de todo el continente!”

Esos monjes convirtieron sus monasterios en verdaderos laboratorios: fabricaban medicinas con plantas medicinales, licores para los que iban a trabajar al campo en tiempos fríos, desarrollaron las razas de los perros de San Bernardo para rescatar a los que se perdían en la nieve; caballos de raza que eran el único medio de locomoción, mejoraron el ganado vacuno y las ovejas, etc. Otros iluminaban y copiaban libros que hoy son tesoros de la Humanidad.

Dando un salto en el tiempo y la distancia: Los viñedos de California fueron sembrados por los franciscanos, al igual que en el extremo sur, en Chile y Argentina.

La Unesco, en París, que no tiene nada de religiosa, hace veinte años acuñó una medalla de bronce en homenaje a las Reservaciones guaraníes, experimento extraordinario realizado por los Jesuitas, que fue exterminado por las fuerzas de la avaricia y de la maldad.

Al año siguiente de inventarse la vacuna en Francia en Cuba se inicia un interesante hecho: Cien sacerdotes y religiosos se vacunan y en tarja de mármol en el Colegio de Belén, el más famoso de América Latina, donde tantos puertorriqueños fueron a educarse, está la lista de los abnegados religiosos. Sólo uno falleció.

El Padre Benito Viñes es el primer científico que estudia seriamente los ciclones tropicales. Estuvo en Puerto Rico en el siglo XIX y falleció en La Habana. En una revista de los años cincuenta leímos que de los “2000 sismólogos más importantes del mundo, 700 no solamente eran católicos, los 700 eran sacerdotes”.

Monseñor Georges Henri Joseph Éduard Lemaître - Primer formulador de la teoría del "Big Bang" Las Leyes de Probabilidades del Cardenal De Meré, los famosos guisantes de Gregorio Mendel, el reloj de ruedas y péndulo del monje Gerberto Aurillac que hace más de mil años fue Papa e introdujo en Europa la numeración indo-arábiga; los cálculos del nuevo calendario, los sacerdotes del observatorio de Pekín y tantos datos que marcan hitos en la historia de la cultura universal nos dan la razón a nuestra tesis.

Queremos también recordar el trabajo del Hermano León De La Salle, sobre botánica, los tratados de Contabilidad del francés Charles Les Ventes, sin dejar de mencionar el aporte de católicos comprometidos como Luis Pasteur, Carlos Finlay o Antonio Gaudí.

En las construcciones de esas grandiosas catedrales europeas, que a veces duraban cientos de años en el proceso, nacieron los gremios de trabajadores, que la Iglesia apoyó y respetó, antecesores de las uniones y sindicatos.

Y hablando de obreros cuando en Cuba se produce la rebelión de los tabaqueros frente a la injusticia del gobierno, son los frailes franciscanos quienes los defienden. Doce mártires mueren en Jesús del Monte, en 1723, 175 años antes que los obreros de Chicago.

Y para no perder el hilo, son también los sacerdotes los que defienden a los esclavos de la villa del Cobre, en Cuba, que logran la libertad, no olvidando el apoyo de sus párrocos que por 200 años los ayudaron en sus demandas.

En Música. Dice un historiador anglicano en Londres, que si la Iglesia Católica solo hubiera aportado su labor en la Música por ello ya tenía un puesto de honor en la Cultura. Con estas simples frases cubrimos todo un legado.

Los que aman el Teatro saben que el teatro moderno nace en el atrio de las iglesias con aquellos famosos autos sacramentales, y que las marionetas deben su nombre a María, una de las tres figuras de la Sagrada Familia, cuyos muñecos servían para fines didácticos.

Las universidades fructifican en aquellas primeras escuelas monacales y es en esas antiguas abadías donde se conservará y legará los clásicos a la Humanidad. No sabríamos de Virgilio, Homero, los filósofos griegos y tantos otros si no se hubiesen preservado en aquellos instantes. A los reyes no les interesaba eso, y algunos eran analfabetos.

Me dirán quizás: “Algunos de esos libros fueron prohibidos”: ¡Sí Señor! El abad sólo se los dejaría leer a los que creía preparados para ello, ¡pero no los destruyó!

El aporte a la Literatura y a la Historia es algo en que no podemos detenernos.

La Iglesia siempre ha sido mecenas de las Artes. Eso sería motivo de un largo estudio. Traigamos un símbolo. Julio II no fue modelo de pastor pero la Capilla Sixtina nadie la puede ignorar. El forcejeo físico entre este Papa y Miguel Ángel por tratar el primero de abrir la puerta para ver lo que estaba pintando el maestro es todo un manifiesto.

Y esas catedrales de Londres, Colonia, Roma, Milán, Notre Dame, San Esteban de Viena, Chartres, con sus vitrales, las de México. La Habana o Quito, la de Burgos y la de San Patricio en Nueva York, los templos barrocos de Alemania, la Torre de Pisa, ¿son o no son aportes a la arquitectura universal?

En la Feria de Sevilla vimos en el Pabellón del Vaticano los códices y libros antiguos de México, Perú y Paraguay para enseñarles en su propio idioma las verdades eternas.

Hace cinco años cuando representaba a la Asociación Puertorriqueña de la Unesco en el congreso internacional de dicha Institución en Bucarest, el Delegado de Armenia pidió que la Unesco estudiara el aporte cultural de los 750 años del Cristianismo en su país. Como saben, la Iglesia de Armenia tiene rito especial pero está en comunión con Roma. Yo pedí la palabra y dejé sobre el tapete el reto de que se estudie con imparcialidad el aporte de nuestro gremio al mundo en que vivimos en sus 2000 años de existencia.

Ningún historiador serio se atrevería a negar la labor cultural de los franciscanos, dominicos, jesuitas y tantos otros en la evangelización de América. Escuelas, universidades, asilos, leprosorios, dispensarios, hospitales, casas de estudio, hogares de niños, observatorios, casas-cunas, etc. son parte de su legado. Una vez más se reafirma el principio de que se va a Dios en línea horizontal, sirviendo, no sólo vertical.

Cuando estudiaba Estadística en la casi tricentenaria Universidad de La Habana -fundada por los Dominicos en 1728- me decía el Prof. Raúl Rosa, que la precursora de dicha ciencia fue la Iglesia Católica cuando en el Concilio de Trento hace 500 años ordenó que se llevasen en libros los nacimientos, matrimonios y defunciones de los bautizados. Ese mismo profesor, nos enseñó entre otras cosas:

Que San Juan Bautista De La Salle era el inventor de las modernas Escuelas Normales para Maestros.

Que San Vicente de Paúl fue el precursor de la moderna Asistencia Social, y

Que San Juan Bosco fue el primero en el mundo en desarrollar un sistema científico para la rehabilitación de los jóvenes delincuentes.

El que fuese anticlerical este profesor -que tanto aprecié- me convenció de que lo que me decía... ¡era verdad!

Aquí en Puerto Rico el precursor de la educación de las Ciencias es el muy recordado Padre Rufo y que los primeros centros de estudios universitarios para clérigos y laicos los fundaron los obispos, y que el primer observatorio lo trajeron los jesuitas en su colegio al lado de la Iglesia del Sagrado Corazón, en Santurce, San Juan. En Cuba el observatorio del Colegio del Belén era más importante que el Observatorio Nacional.

Así, de una forma sencilla, he tenido el gusto de dejarles a ustedes una breve información de algunos de los muchos motivos que creo tiene la Iglesia Católica para ser considerada la institución vigente que más ha aportado a la cultura universal en dos mil años de Historia.

Dios quiera que el reto que le dejé a la Unesci, en una bella mañana de Bucarest, sea contestado a la Humanidad y que confirme una vez más lo que les he dicho.

Lean tambien:

How the Catholic Church Built Western Civilization
by Thomas E. Woods Jr

Read more about this book...

1 comentario:

Arctvrvs Palomino dijo...

En efecto el aporte de la Iglesia Católica a la cultura abarca mucho más que todo lo ya indicado...que no es poco...aquí un resumen de un post que escribí a propósito:

El famoso historiador Thomas Cahill nos recuerda, por ejemplo, que la conservación de toda la literatura latina hubiera sido imposible sin los amorosos denuedos de los monjes copistas irlandeses, o al afán de santos varones como Patrick o Columba, quienes rescataron estos textos de las manos de bárbaros hombres de ayer que, lo mismo que los bárbaros hombres de hoy, estiman casi en nada tales “exquisiteces”.Hay que reconocer, también, en las órdenes religiosas del medioevo la preservación de los tomos de la sabiduría clásica ( hebrea, musulmana, griega o latina) en filosofía, matemática, poesía o alquimia. Ya posteriormente, la Iglesia fue también la gran mecenas sin la cual no sería posible concebir lo mejor del arte renacentista o barroco, en todas sus manifestaciones. Y, siendo más precisos, en nuestro país fueron misioneros católicos -como los establecidos en el Convento de Ocopa- quienes no solo hicieron posible el equilibrio intelectual de las “Indias” con Europa –mediante las catequesis, que fueron auténticas escuelas de formación integral-, sino que fueron ellos los primeros compiladores afanosos de nuestras lenguas nativas, los autores de los primeros diccionarios o libros en quechua, aymara, etc; estructurando estas lenguas en una gramática de acuerdo a los esquemas desarrollado en la época para tal fin; fueron también los primeros estudiosos de la fauna y botánica oriunda, describiendo en ellas propiedades y beneficios, influyendo también en muchos casos para su adecuada conservación, como es el caso de las plantas medicinales. Sin la iglesia hubiera sido imposible la evolución estética que significan, por ejemplo, la escuela cuzqueña, los corales barrocos andinos cantados en quechua o nuestros primeros textos literarios y aún filosóficos de nuestra infancia colonial. Lo mismo podría decirse de nuestro derecho; y es en este punto donde no podemos soslayar que fue precisamente la iglesia la primera defensora de la causa indígena, si bien limitada por el contexto de su bárbara época (¿o acaso no hubiera sido más sencillo seguir el esquema norteamericano de “aniquilar a todo infiel”, sin permitir siquiera la posibilidad de su conversión?)
Al analizar la historia debe percibirse con claridad las características del contexto, y sobretodo, no perder el norte de la evolución dialéctica a la que tiende la historia -¿o acaso podríamos exigir a un soldado inca que respete el pacto de Ginebra?-. Del mismo modo en la lógica religiosa hay que comprender que todo acto de ella se circunscribe no solo a esta evolución, sino al afán que tiene ésta de subsumir toda manifestación exterior al “alma” (“Solo Dios basta”). También esto en la estética, porque para aquella el catolicismo heredó el modelo agustiniano (sobretodo en “De pulchro et apto”, “De ordine” , “De vera religione” y “De musica”), es decir, la figuración estética del platonismo y aún del pitagorismo: la apreciación y la valoración de la belleza exterior (del arte, de la matemática, etc) debe corresponder a esta búsqueda de plenitud en el alma. O, dicho de otro modo, un Alma perfectible busca también la perfección estética exterior que se percibe en el arte o la matemática, etc (“sed perfectos, como vuestro Padre es perfecto”, Mt 5,48). Por esto el catolicismo partió, para mérito de la cultura occidental, hacia la edificación de una manifestación estética que respondiera a aquella demanda espiritual.
El espíritu de los tiempos ha jugado en contra de esta búsqueda, de tal modo que hoy no resulta difícil encontrar graneros o cocheras que se asumen como “templos”, y que resultan ridículos si las comparamos con el ánimo que edificó las majestuosas catedrales. Como ridículos resultan también los abominables “reggaetones cristianos” si hacemos una analogía frente a la perfección , y a la motivación subjetiva que inspiran el canto gregoriano o los corales barrocos. Y es que sucede que también el relativismo moral, traducido en arte como “relativismo estético”, se ha colado por la puerta falsa de los credos. Esto genera, como se ve (y como lo adivinaron los Doctores de la Iglesia), el deterioro no solo estético, sino espiritual del ser humano. Se desciende así del sabio que alguna vez inauguró la lógica matemática con su “Máquina de la Verdad” (fray Raimundo Lulio) a este otro homínido contemporáneo que subordina la ciencia y la técnica sobre el cultivo alma, y no al revés; se decae desde el bienaventurado que en un tiempo dijo que Sócrates debía ser considerado como santo pre-cristiano en mérito a la pulcritud de su pensamiento, pero sobretodo al esplendor de su alma, hacia el Gusano moderno que pide muerte a musulmanes, budistas o comunistas; sin considerar siquiera las características de sus correspondientes doctrinas ni, sobretodo, el motor anima aquellos pensamientos; por allí también se encuentra el insondable abismo que separa a esa santa mujer que dijo que “no debemos cuestionar a Dios del por qué permite tantas cosas, sino comprender que nosotros somos las manos que Él requiere para perfeccionar su Obra” (Teresa de Calcuta), de los modernos fariseos mediáticos que denostan y critican de todo y todos, de modo hortera y cruel, pero que sólo lo hacen con un afán egoísta que, tarde o temprano, termina por delatarse.