Amigos, un intercambio amistoso en el tablón denominado El Monasterio me dió la oportunidad para admitir lo siguiente:Dejé la Iglesia Católica dos veces. La primera vez al evangelicalismo, en el 1989. Estuve menos de un año fuera y regresé. Las gríngolas eran muy apretadas. La segunda vez me fui por la puerta del luteranismo, en el 1993, pero terminé en la Iglesia Ortodoxa Oriental. Me encantó por un tiempo. Estuve 3 años intensamente activo con ellos y aprendí muchísimo dentro de esa Iglesia hermana. Pero no di pie con bola. Me fui con el corazón destrozado.
Estuve un año sin ir a ningún sitio. Estudié a fondo el budismo, en sus manifestaciones Zen y Teravada. Exploré la membresía en la masonería. Al final, me asomé al agnosticismo y vi el abismo que me esperaba.
De mi fe inmadura juvenil no quedaba nada. Todo estaba quemado, derruido y arruinado. La depresión asomaba. Pero de ahí, De profundis clamavi ad te Domine (¡De lo profundo de mi alma clamé a ti, Señor!). Y el Señor respondió, lenta y dulcemente.
Callé por 7 años en lo que el Señor me reconstruía. Aparte de columnas periodísticas en mi diario local, apenas escribía--excepto en mi journal, donde empecé a documentar mi travesía.
En el 2004 abrí ¡Vivificat! en inglés y un año más tarde el lado en español para ahora documentar partes de mi viaje por esta vida en público, a lo Tomás Merton.
El catolicismo no es una religión de brutos y gente obsecada con rituales supuestamente obsoletos. El catolicismo es el cristianismo de ayer, hoy y siempre. Solamente es poderoso cuando se le pone en práctica y se le pone en práctica rindiéndose uno a Dios en Cristo, amándolo con toda nuestra mente y fuerzas y al prójimo como a uno mismo.
El catolicismo forjó nuestra civilización, incluyendo nuestras artes y ciencias. Cristo es relevante a todas las áreas del quehacer humano. El lo santifica y eleva todo a un nuevo nivel. Una vez me di cuenta de esta verdad, dejé de compartamentalizar mi mente y separar mis conocimientos entre los que Cristo podía tocar y los que no. El resultado inmediato ha sido el comienzo de mi integración espiritual y psicológica en una personalidad cada vez más inconsútil, conforme a la idea que Dios tiene de mí. Y eso no lo cambio ni por nada ni por nadie.
No soy "santo" -- al menos, todavía, pero estoy en esas. Eso sí, no soy "santurrón." No he respondido generosamente a las gracias que Dios me ha concedido. Pero doy de lo poco que tengo. Mis experiencias pueden servirle de algo a alquien y entonces, en ese momento, sé que habré hecho una diferencia y a través de mí, indigno instrumento suyo, el Dios Trino.









1 comentarios:
¡Hola Theo!
Hace uno tiempito que no te dejaba ningún mensaje, aunque leo casi todas las entradas que haces en ¡Vivificat!
De verdad que me sorprendió conocer esta parte de tu testimonio que acabas de compartir con nosotros... también, aprovecho para felicitarte por tus comentarios en El Monasterio y la forma en que los hiciste... Has hablado dos veces: con tus palabras y con tu ejemplo...
Además, aunque no es de este artículo, quiero comentarte que el vídeo sobre la vocación sacerdotal: "Pescadores de hombres", ¡está estupendo!... Ojalá otros siguieran esta misma iniciativa...
Bueno, ahora sí no te quito más tiempo... Muchas bendiciones para ti y tu familia...
Publicar un comentario en la entrada