martes, enero 27, 2015

La aritmética detrás de nuestra esperanza de vida y del momento presente




Hermanos y hermanas: Paz y Bien a todos.

Recientemente, durante un arranque contemplativo, me puse a pensar que tan larga es nuestra esperanza de vida. Creo que esto es importante porque somos pocos los que pensamos seriamente en nuestra mortalidad. Las Sagradas Escrituras nos dicen que nuestra esperanza de vida es 70 años, u 80 si somos "fuertes" (Salmo 90:10) y los estimados científicos contemporáneos son similares para quienes vivimos en sociedades avanzadas: entre 75 y 80 años. Los que viven en sociedades menos aventajadas tienen una esperanza de vida mucho menor. Pero utilicemos ese recorrido de entre 75 y 80 años. ¿Cuánto es eso, realmente?
  •  75 años son casi 27,394 días; 657,450 horas; 39,447,000 minutos; ó 2,366,820,000 segundos.
  •  80 años son 29,220 días; 701,280 horas; 42,076,800 minutos; ó 2,524,608,000 segundos.
Y esto es si no morimos antes por causa de accidente o enfermedad. 

Consideremos lo siguiente: nuestros días en estos cuerpos que ahora poseemos son finitos y este tiempo de prueba en el cual nos encontramos es nada ante la eternidad y, sin embargo, es de importancia central porque es durante este tiempo de prueba en el cual decidiremos si pasamos la eternidad con Dios o sin El.

Pensemos cuánto es un segundo: en un segundo disparamos el arma con la cual le quitamos la vida a un prójimo injustamente o le causamos un sufrimiento de por vida. En un segundo con una palabra o un gesto insultamos a alguien, le maldecimos, le deseamos mal. En un segundo hablamos la palabra soez, o consumamos una fornicación, un adulterio, un robo, o una mentira. En un segundo nos hacemos los desentendidos o los indiferentes ante el mal que sufre un prójimo o el mal que perpetra otro y ni lo impedimos ni lo denunciamos por no querer involucrarnos. En un segundo decidimos que lo malo es bueno y lo bueno es malo o impráctico o irrealizable.

Ten en cuenta que tendremos que rendir cuentas por cada segundo de nuestras vidas y la cantidad de nuestros segundos, aunque grande, transcurre con gran rapidez, a la velocidad de un segundo por segundo. ¿Obvio, no? Pero no lo vemos así.

Entre todo esto, ¿qué es el momento que llamamos "el presente"? Aparentemente hay una explicación. Los científicos dicen que eso que llamamos "el momento presente" es el resumen de los últimos 15 segundos de que el cerebro realiza de los datos recibidos durante nuestra estado conciente - por eso es que cuando un sueña no hay "presente" porque no tenemos conciencia del transcurrir del tiempo. ¿Y cuanto es eso?
  • Quien vive hasta los 75 años de edad, experimenta 155,788,000 "momentos presentes."
  • Quien vive hasta los 80 años de edad, experimenta 168,307,200 "momentos presentes."
¿Con qué llenas tus "momentos presentes" ¿Los llenas de amor o de odio, de pureza o impureza, de generosidad o avaricia? ¿Piensas en ellos como Cristo o como el diablo? ¿Oras en tu "momentos presentes" o simplemente piensas en cosas que te interesan solamente a tu ego? 

Hermanos y hermanas: la gracia que Dios nos envía no es algo futuro, es algo que se recibe y atesora en el momento presente. En la eternidad estos números de arriba no importarán y el "momento presente" será o salvación o perdición.

Recuerda: un día rendirás cuenta a Dios por cada segundo, por cada momento presente que viviste.

viernes, enero 23, 2015

Cómo rezar con los salmos




Padre Ignacio Larrañaga (+2014)

En mi opinión, no existe un vehículo tan rápido para llegar al corazón de Dios como el rezo de los salmos.

Ellos son portadores de una densa carga experimental de Dios. Han sido enriquecidos por el fervor de millones de hombres y mujeres, a lo largo de tres mil años. Con esas mismas palabras se comunicaba con su Padre, Jesús niño, joven, adulto, evangelizador, crucificado. Son, pues, oraciones que están saturadas de gran vitalidad espiritual, acumuladas durante
treinta siglos.

Entre los salmos hay comunicaciones de insuperable calidad. Salmos que no nos dicen nada. Otros nos escandalizan. En un mismo salmo, de pronto nos hallamos con versículos de bellísima interioridad y otros en que se pide anatemas y venganzas. Se puede pasar por alto los unos y detenerse en los otros.

¿Cómo rezarlos? Hay que advertir que no estamos hablando del rezo del Oficio Divino sino de cómo utilizar los salmos como instrumentos de entrenamiento para adquirir la experiencia de Dios, para dar los primeros pasos como forma de oración vocal.

Toma los salmos o versículos que más te llenan. Repite las expresiones que más te «digan». Mientras repites lentamente las frases más cargadas, déjate contagiar por aquella vivencia profunda que sentían los salmistas, los profetas y Jesús. Esto es: trata de experimentar lo que ellos experimentarían. Déjate arrebatar por la presencia viva de Dios, envolver por los sentimientos de asombro, exaltación, alabanza, contrición, intimidad, dulzura u otros sentimientos de que están impregnadas esas palabras.

Si en un momento dado llegas a sentir en una estrofa determinada la «visita» de Dios, detente ahí mismo, repite la estrofa; y aunque durante una hora no hicieras otra cosa que penetrar, sentir, experimentar, asombrarte de la riqueza retenida en ese versículo, quédate ahí y no te preocupes de seguir adelante. Acaba siempre con una decisión de vida.

Es cierto que hay salmos llenos de anatemas y maldiciones. En ciertos casos, si el cristiano se deja llevar de la libre espontaneidad, sentirá cómo el Espíritu le sugiere aplicar esos anatemas contra el «enemigo» —único y múltiple— que es nuestro egoísmo con sus innumerables hijos como el orgullo, la vanidad, la ira, el rencor, la sensualidad, la injusticia, la explotación, la ambición, la irritabilidad...

Yo aconsejo siempre que cada cristiano haga un «estudio» personal de los salmos.

Siendo el hombre un misterio único, su modo de experimentar y experimentarse es singular y no se repite. Lo que a mí me «dice» mucho, al otro no le dice nada. Lo que a éste le «dice» tanto, a mí me dice poco.

Por eso, se necesita un «estudio» personal. ¿Cómo hacerlo?

Comienza desde los primeros salmos. En un día determinado «trata» con el Señor con el primer salmo, en un tiempo fuerte de oración; quiero decir, habla con Dios mediante esas palabras. Si hay en el salmo un versículo, quizá una estrofa completa o una serie encadenada de frases que te «dicen» mucho, después de repetirlas varias veces, márcalas con una raya de lápiz.

Si te parece que una expresión encierra una riqueza particularmente fecunda, puedes subrayarla con varias líneas, según el grado de riqueza que percibas. Coloca al margen una indicación según lo que te inspire aquella estrofa, por ejemplo, confianza, intimidad, alabanza, adoración...

Puede suceder que un mismo salmo, o una misma estrofa, un día te diga poco y otro día mucho. Es que una misma persona puede percibir una misma cosa de diferentes maneras en diferentes momentos.

Si no te dice nada el salmo, déjalo en blanco. Otro día «estudia» el salmo segundo de la misma manera. Y así los ciento cincuenta salmos. Al cabo de un año o dos, tendrás «conocimiento personal» de todos ellos. Cuando quieras alabar, ya sabrás a qué salmos acudir. Cuando quieras meditar sobre la precariedad de la vida, o necesites consolación, o desees adorar, cuando busques confianza o sientas «necesidad» de entrar en intimidad, ya sabrás a qué salmos o estrofas acudir.

De esta manera, irás poco a poco aprendiendo de memoria estrofas cargadas de riqueza, que te servirán de alimento para cualquier circunstancia. Acaba con un propósito de vida.

miércoles, enero 21, 2015

Problema con el formulario de correo electrónico reparado

Hermanos y hermanas, Paz y Bien a todos.

Hoy descubrí que el formulario para correo electrónico que llevo desplegado en el blog desde hace tiempo no trabajaba. El fallo está ahora arreglado. Me disculpo por todos esos mensajes que nunca leí. Trataré de contestar algunos. Les invito a que me contacten por medio del formulario cuando gusten.

martes, enero 20, 2015

San Francisco de Asís: Alabanzas al Dios Altísimo


Hermanos y hermanas: ¡Paz y bien a todos!

Hoy quiero compartir con Uds. las Alabanzas al Dios Altísimo que San Francisco de Asís compartió una vez con Fray León. Léanlas, órenlas y háganlas suyas.

Alabanzas al Dios Altísimo

Tú eres santo, Señor Dios único, que haces maravillas.
Tú eres fuerte, tú eres grande, tú eres Altísimo.
Tú eres Rey omnipotente.
Tú eres Padre santo, Rey del cielo y de la tierra.
Tú eres Trino y Uno, Señor Dios de los dioses.
Tú eres el Bien, todo el Bien, el sumo Bien, Señor Dios vivo y verdadero.
Tú eres Amor, tú eres Caridad.
Tú eres Sabiduría, tú eres Humildad, tú eres Paciencia.
Tú eres belleza, tú eres Seguridad, tú eres Paz.
Tú eres Gozo y Alegría, tú eres nuestra Esperanza.
Tú eres Justicia, tú eres Templanza, tú eres toda nuestra Riqueza.
Tú eres Belleza, tú eres Mansedumbre.
Tú eres Protector, tú eres nuestro Custodio y Defensor.
Tú eres Fortaleza, tú eres Refugio.
Tú eres nuestra Esperanza, tú eres nuestra Fe.
Tú eres Caridad, tú eres nuestra Dulzura.
Tú eres nuestra Vida eterna, grande y admirable Señor,
Dios Omnipotente, misericordioso Salvador".

domingo, enero 18, 2015

Posiciones para orar - Postrado


R.P. Ignacio Larrañaga OFM Cap (+2014) 



Postrado. —Postrarse en el suelo es la posición de máxima humildad e indica y fomenta la adoración más profunda. Sus compañeros sorprendieron muchas veces a san Francisco en esta posición, en la sagrada montaña de Alvernia.

Primer modo: Con movimientos lentos, arrodíllate. Quédate así durante unos momentos.  Después, inclínate (siempre con lentitud), curvando todo el cuerpo hasta tocar (apoyar) la frente en el suelo. Los brazos y las manos se apoyan en el suelo cerca de la cabeza. El peso del cuerpo cae, pues, sobre cuatro apoyos: pies, rodillas, frente, brazos-manos. Mantente en esta posición, respirando profunda y regularmente, hasta sentirte completamente cómodo. Al terminar la oración vuelve, con lentitud y suavidad, a sentarte o ponerte de pie.

Segundo modo: Arrodíllate primero; después, con movimientos lentos, acuéstate completamente de bruces en el suelo, con los brazos extendidos en cruz o recogidos a lo largo y junto al cuerpo, o colocando las manos como apoyo de la frente.